Lo que son las cosas-ya ni recordaba cuánto me había impresionado La princesa Mononoke (1997), el mascarón de proa de Hayao Miyazaki y su estudio Ghibli, hasta que la revisión de turno me permitió comprobar la cantidad de imágenes que “se me habían quedado grabadas” -todo un mérito para alguien con la memoria visual de un carpín dorado. El mismo poster japonés ya es todo un icono. La chica de película-que ni es princesa ni se llama Mononoke-mirando desafiante, faca albaceteña en ristre, los morritos ensangrentados y, junto a ella, un pedazo de lobo blanco capaz de dejar a los huargos de Juego de tronos-especialmente los chuchis de la serie-temblando de pavor como patéticos chihuahuas.
Ideal como emblema de girl-powah animado, creo yo. Y justo por la misma época en la que la Mulan de Disney se cortaba la melena y partía a hacer la mili para salvar China-y, de paso, saltar la Gran muralla y cortejar para la Company al coloso asiático. Resalto a Mulan y lo de la época porque, en operación inversa, fue la por aquel entonces filial adulta de la Disney, Miramax, la encargada de introducir Mononoke Hime en el otro gigante inasaltable e impermeable, el mercado americano, con resultados decepcionantes para un film que costó un riñón o dos.
Y resalto esto tan espinoso y ambiguo del “girl power”. Si Mulan desató controversia por realizarse como mujer disfrazándose de chico…¿Qué pensará la correctez política de la Princesa Mononoke, la niña que quería ser un lobo?
Viene a cuento el asunto porque si el tema por excelencia de Mononoke es la ausencia de la armonía y la disrupción del orden natural de las cosas, lo más curioso de la historia es que, por una vez, las encarnaciones del tal conflicto-que no es un simple drama de gineceo, sino una alteración del equilibrio del mundo- son dos arrojadas mujeres… y la voz de la cordura zen y el encargado del-muy desagradecido-papel de mediador nato que simpatiza con las dos partes y sólo quiere lo mejor para todos sea el protagonista masculino, el valiente Ashitaka.
Ashitaka el arquero es un príncipe Emishi, al parecer una cultura aborigen japonesa que al comenzar la historia lleva 500 años oculta y separada de la organización imperial. Como futuro líder, es su tarea acabar con un terrorífico jabalí-demonio del tamaño de un panzer y cubierto de gusanos viscosos que estaba a punto de arrasar su aldea, pero en la refriega, el brazo de nuestro héroe queda herido e infectado por el odio asesino del monstruo. Marcado por la maldición cual Larry Talbot y destinado a morir consumido por ella entre dolores atroces a medida que se extienda por su cuerpo, Ashitaka abandona para siempre a los suyos y por consejo de la chamán de su aldea, decide aceptar su destino “con el alma vaciada de odio” y marchar al oeste para averiguar el orígen de la misteriosa “bola de hierro” alojada en el cuerpo del dios jabalí que enloqueció a la bestia hasta convertirla en un demonio sediento de sangre. Por supuesto que estar maldito tiene también sus pequeñas ventajas-dejarse llevar por la ira refuerza y acelera la labor destructora de la infección, pero otorga a Ashitaka superpoderes cg- gusaniles tan efectivos como vistosillos cuando a nuestro mocín le toca vender cara su piel.
A la película no le tiembla el pulso a la hora de mostrar decapitaciones y mutilaciones surtidas. Ashitaka su arco y sus gusarapos tienen mucho que ver en ellas.
La historia de héroe marcado y desterrado, de fuerzas naturales y animalazos primigenios adorados como dioses no puede tener, como vemos, un resabio más mítico-arcaico-arcádico. A lomos de Yakul, su brioso ciervo-antílope-lo que sea, Ashitaka va a toparse con la modernidad en lucha constante con el mundo intemporal. Modernidad que viene en forma de atareados lugareños, acosados tanto por samurais de rapiña a las órdenes del señor feudal de turno-nunca puede faltar un noble que robe más de la cuenta, diría muñoz seca-como por los señores y dioses del bosque. Entre ellos, una manada de lobazos níveos tamaño percherón, una mamá lobo tres veces mayor que su camada, y San, su hija adoptiva humana. La entrada de la fiera de mi niña en la vida de Ashitaka, lamiendo y sorbiendo la sangre de las heridas de mamá lobo con gesto de echar un muerdo al primero que se acerque es lo más definitorio que he visto desde que Galdós introdujera a su Fortunata engullendo la yema de un huevo crudo.
GRRRRR- I´m a woman, hear me roar
Esta dulce criatura es, Kami nos valga, la chica de la función. Ashitaka la encuantra preciosa. Ella, sencillamente, ni siquiera se considera humana, sino loba y, efectivamente, no hay casi ninguna reacción convencional en esta animalizada chiquilla. Incluso sus gestos tiernos-lamer heridas o, en su acto más memorable, desgarrar masticar cecina para alimentar boca a boca a un Ashitaka moribundo-son lo más indomable posible, dentro de lo que cabe. Por otra parte, Miyazaki acentúa la condición de “ni carne ni pescado” de San evitando la mogwlización completa de su criatura-es bípeda, va vestida -camuflada con pieles de lobo, lleva tatuajes faciales como los del clan Inuzuka de “Naruto” y una máscara de combate que ni el Jason de Crystal lake. San es ante todo, una jovencita airada y enfurecida contra los humanos depredadores y usurpadores. Para los lugareños es la “princesa Mononoke”, el espíritu vengador del bosque y la montaña, y para la sabia diosa Lobo Moro, su querida hijita fea. La causa de la furia de San es la bruja malvada del cuento, lady Eboshi, el personaje más intrigante-en el doble sentido- de la película.
Donde pone el ojo, pone la bala.
Lady Eboshi, villana con iniciativa y visión de futuro-una mezcla entre Virgen Juramentada, Mujer Terible en la Ira y Seño Asesina muy al estilo de las féminas formidables de Hiromu Arakawa o la Tsubasa Nishikiori del Mazinger Z, representa la falta de escrúpulos y voracidad ilimitada de la humanidad civilizada. Tolkien la odiaría, mismamente, porque nuestra doña Bárbara nipona sería capaz, ella solita, de llevar a cabo la destrucción de la idílica Comarca Hobbit para montarse la primera revolución industrial. De hecho, Lady Eboshi está arrasando la montaña y los bosques ancestrales en beneficio propio y de su Ciudad de Hierro, aldea-fundición que controla con garras de seda sin que nadie ose ni toserla, sin encomendarse a los dioses o a los demonios, y sin ceder al odio de las fuerzas ancestrales del bosque ni al chantaje inevitable del señor feudal del distrito, que emplea a sus samurais para acosarla. Eboshi es, en suma, la personificación de todo lo que nuestra Hija de Lobos San aborrece y ha jurado matar. Ashitaka no es tan rápido en el “que el cielo la juzgue” porque, implacable como es, la señora ha comprado los contratos de los burdeles de la zona, liberado a las furciucas locales, y las ha convertido en sus trabajadoras especializadas. Lo que es más, Eboshi ha acogido en su jardín, atendido e incorporado en sus fuerzas operarias especiales a los leprosos del lugar y diseñando con ellos mosquetes ligeros, ha convertido a sus chicas en tiradoras de élite. Y todo ello mientras los rosmones hombres del poblado se dedican al transporte de hierro o de provisiones y a ser cebo viviente de lobos o samurais, según caiga el día. Y con todo el mundo encantado de la vida-los leprosos adorándola como a una santa y las chicas, muy en espíritu de pioneras del far west, decididas a dejarse la piel en la fundición antes que volver a la triste vida alegre del mundo flotante. Cosas de obtener respeto, así a lo tonto, Lady Eboshi está a punto de instaurar un matriarcado.
Eboshi y sus comandos de maris de élite
La “princesa Mono9noke” y la señora Eboshi son dos fuerzas antagónicas en desorden y colisión que el voluntarioso Ashitaka debe empeñarse en conciliar-aunque para ello deba separalas incluso físicamente para evitar agarradas… y recibir patadas y malos modos de todas partes. Los mundos del bosque y la ciudad del hierro amenazan con destruirse mutuamente por la codicia y la falta de escrúpulos de Eboshi por un lado, y la furia ciega de San, sus hermanos de camada y otras fuerzas naturales desatadas (como los muy miyazakianos dioses-jabalí) por el otro. En el momento culminante de la historia y a falta de ents justicieros, San no duda en responder al desafío de Eboshi y en ayudar a las deidades porcinas en lo que Kipling llamaría “dejar entrar la selva” mientras que es el vapuleado Ashitaka, el libre de odio pero con los momentos contados a medida que su marca maldita lo deja seco, el encargado de padecer experiencias místicas y un renacimiento espiritual con el auténtico rey del bosque y señor de toda la vida, justo en el momento en el que una acorralada Eboshi pacta con el emperador y se dispone a cometer la blasfemia definitiva.

La carga de la jabalinada ligera-la forma más eficaz de hacer beicon
Lo más destacable de Mononoke, con tanta épica, áulica y mensaje ecologista, es la enorme sensación de frescura, encanto artesanal-incluso con los toquecitos computerizados, los filmes miyazakianso siempre lucen primorosos y tiernos como el pan de Cádiz, violencia y todo-y la sensación casi infantil de maravilla igualmente marca de fábrica. Nada como un poco de mitología japonesa y el toque personal del director para evitar lo que, en manos occidentales, hubiera acabado siendo un Pocahontas o Avatar del montón. En Mononoke nada es blanco o negro, nadie posee la verdad definitiva, hasta los dioses pueden convertirse en demonios malévolos si el odio les consume, un dios de la vida puede convertirse en un shinigami de la muerte, los marginados pueden valerse por sí mismos y las niñas no sólo no quieren ser princesas, ni tan siquiera desean ser humanas. Incluso el timidísimo conato de romance entre San y su admirador Ashitaka-si quieres evitar que una chica te rebane el pescuezo, échale un piropo-hace poco por convencionalizar a la indómita. En “Mononoke”, la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, lo divino y lo monstruoso, la bondad y la maldad o lo humano y animal es tan fina e inquietante como los kodama, los geniecillos con cabecita de sonaja que certifican el grado Muniellos de limpieza-habitabilidad de un bosque.
Todo un clásico.







Que guión mas elaborado para una película de animación. ¿Es una adaptación de un manga previo, o es un guión original para la película? Que suerte tengo de habermela grabado estas Navidades. Aun no la he visto pero después de leer tu espléndida revisión del tema no me la pienso perder.
Pues me encanta que me haga esta pregunta, como dicen los políticos, porque fusmeando el IMDB después de ver Mononoke descubrí que la peli es una historia original del director, que es todo un Disney japonés, que el “estilo Miyazaki” me suena tanto porque…trabajó como animador o diseñador en Heidi, Marco, el perro de flandes!!!!! y es el director de la serie animada de Sherlock Holmes-versión perrito a lo Dartacán-que me encantaba en primero de BUP..(Ajem).
Y pa colmo, que La princesa Mononoke es uno de los últimas películas de animación que usó celdillas de animación clásicas, de esas que los antiguos animadores Disney se curraban y pintaban a mano. Ah, y que el 5 de enero fue el cumple de Miyazaki-felicidades, maestro.
En fin, que a los japoneses les chifló-al parecer fue lo más taquillero por allá supernado a ET y hasta Titanic. Para un occidental la cosa puede ser de un místico que asusta, pero es “mi tipo de cosa rara mito-ilógica”.
Gran película y mejor post!
Tuve la suerte en su día (hace ya 13 años? que viejuno me siento…) de verla en el festival de Sitges a pantalla grande, pero un año después la volví a ver en un cine de Barcelona porqué, al parecer, al final también logró estrenarse en algunas salas de España (me imagino que en pocas, porqué yo la descubrí en el cine de casualidad).
Diría que es la peli que más me gusta del estudio Ghibli, pero en realidad es porqué es la que más imágenes me ha dejado grabadas (SPOILARZOS para quien no la haya visto aún! – Ese inicio brutal con el dios-jabalí endemoniado; cualquier escena del príncipe Ashitaka a lomos de su ¿ reno rojo? (yo tampoco me acuerdo como lo llamaban en la historia XD); el final “ida de olla” con el dios del bosque desquiciado (y descabezado), etc… FIN de SPOILRAZOS!). No sé, es que me parece que todo en ella funciona: la historia (que siendo, una historia original del Miyazaki, se respira más en ella esos aires de relato legendario-mitológico a nivel épico, o incluso poético, que en todas las adaptaciones que ha hecho Disney de cuentos populares de por aquí), la música, etc… por no hablar de todo lo que mencionas en el post sobre los personajes.
Y qué ganas de volverla a ver me han entrado!
Ay, suerte de la buena, haber sido capaz de disfrutar Mononoke en pantallón!-Fazañas bélicas como esas yo sólo las conseguí con “Akira” en Oviedo, cuando todavía casi no existían en Asturias los multicines, (y esto sí que parecen cuentos de antes de la guerra-la que sea)-La verdad es que la distribución, asturiana o no, de las pelis Ghibli es apocalíptica, como lo de la primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido-está a punto de aparecer su versión de Los diminutos en DVD en España, por ejemplo,y yo-y el mercado norteamerimarciano-con estos pelos.
Me las pierdo todas.
Así que es ahora cuando tengo que hacer los deberes y descubrir a Miyazaki a estas alturas. En fin-coincido en el impacto de “tus” escenas-el ataque del gorrino maldito devorado por los gusanos del odio es de quedarse ya con boca de pez y todas las escenas con el shisigami-caminante-dios ciervo paseando por el lago,
las tenía como recién vistas-su conversión en shinigami es de pesadilla absoluta. La mezcla de acción pura -escenas pausadas-folklore japonés corre como un torrente de montaña, y ole. Eso sí, tengo que conseguir “Nausicaa del valle del viento” para ver cómo empezaron las obsesiones temáticas del maestro en pantalla.