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Archive for the ‘Cine’ Category

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¡Podeer de la vara!!

Debería estar disculpándome  por  la efectivamente lamentable situación de este blog, o-incluso ya puestos, estar celebrando el primer aniversario del  culebrónico y jolgorioso post- final de Naruto , evento este que ha cumplido todo lo que prometía…y más. O comentar mís últimos despotriques acerca de la casi inminente y  scarlett johansónica adaptación de Ghost in the Shell. Cuando estaba haciendo oposiciones para llegar a entender el original. Sob.

Pero antes de ponerme a ello, permítaseme regocijarme con una joyita añeja y recién re-puesta en circulación. Una de  Akira Kurosawa aparentemente “ligera” y que  todo el mundo rejura por sus muertos que es un antecedente directo……de  Star wars.  Comenzando por el mismísimo y devoto Lucas, que él sabrá lo  que se hizo y le inspiró.

Galaxias muy, muy lejanas aparte, ¿Puede una película de 1958, en blanco y negro, ritmo japonés  y subtítulos inevitables presentar mayores alicientes que   traer director ilustre y ser material  de cine club?

Así de pronto, unos cuantos-el primero el obvio.

Tahei y Matashichi.

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Como locos a por el oro

Difícilmente se puede ser más grotesco, cobarde, avaricioso, quejica, lujurioso y vago que este par de paletos, que parecen salidos tal cual de una película española  de la más negra posguerra. Pues este par de alhajas-y su afán por  salvar el pellejo en un mundo feudal en caos perpétuo- en el que representan el  puritito arquetipo de carne de cañón, son el hilo conductor de la historia que nos ocupa. Matrimonio de hecho a las duras y a las maduras-por más que se pasen el metraje peleando entre ellos-  su especial don para meter la pataza en los momentos más tensos y el hecho de que Kurosawa haya elegido las gracias y desgracias de un par de pringados del Shogunado como arranque  del asunto  viene que ni pintado tanto como excusa para la aventura pura y dura-nada de la lasitud de aldea de los siete samuráis-como para la denuncia, que no idealización, del desvalimiento total de la peonada en las interminables guerras entre clanes militares. La cara perpetua  de “pa habernos matao” de este par de gañanes no tiene, en el fondo, ninguna gracia pero mucha ironía cuando,  ya en las primeras escenas escapan al hambre, a  samuráis salidos de sable, a trabajos forzados en busca del oro del clan enemigo por que sí, a  rebeliones populares filmadas en kurosawianos y majestuosos movimientos de masas……y finalmente van a caer en al peor peligro de todos-una princesa en apuros y un general implacable.

Antecedentes de C3po y su R2-“Todo esto es por tu cupa” , un par de Laurel y Hardy feudales  o la versión japonesa de Pajares y Esteso, desde el momento en el que los siempre pringados y arrastrados palurdos encuentra por casualidad el dichoso oro camuflado en leña- y acaban envueltos en asuntos de estado….. más vale que el respetable no  espere que acaben convertidos en héroes a su pesar.  Que más cornás da el hambre y de perdidos al río. Al menos, sabemos que en el fondo no pueden vivir el uno sin el otro.

LAS PRINCESAS DE VERDAD LLEVAN SHORTS

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Hablan a berrido limpio y disfrutan más dando zurriagazos  que José Mota repartiendo justicia con la vara. Yuki , heredera adolescente del clan  Akizuki y educada como un varoncito, ha perdido su reino, su familia, a su mejor amiga y sus damas de honor.  De ahí el estado…susceptible de la criatura, que tiene el deber de restaurar todo una dinastía sobre sus-ahem-frágiles hombros.  Sus icónicos pantaloncitos son-espero y supongo-un desesperado intento de mostrar su ánimo de zagalillo , del mismo modo que, para alivio de nuestros oídos, durante la mayor parte de sus viajes y odiseas se le obligue a pasar por muda para disimular su patrón de habla. Pero hay más en los pantaloncitos y los problemas de actitud de la moza  de lo que parece. Con este uniforme de combate, la vara al ristre, piernas abiertas en gesto marcial y sus ansias justicieras, Yuki Hime es antecesora directa no solo de la princesa Leia–(a fin de cuentas la trama del film consiste en contrabandear y poner a salvo tanto a la princesita como a su oro camuflado en haces de leña en un lugar seguro, ya que el clan vencedor ha puesto precio a su cabeza) sino de la estética juvenil de  heroína manga arquetípica  que estaba por venir. hai!

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De aquí a Mononoke, un paso.  chá!

Lo cierto es que a nuestra particular Blancanieves no le falta, a pesar de su vocecita de afilador, su particular viaje interno aprovechando una trama en constante movimiento. Yuki  se rebela ante el código Bushido que ha obligado a una de sus damas de compañía a actuar como buena samurái y morir en su lugar sin merecer mayor tributo del aún más  samurái hermano de la difunta y guardaespaldas devotísimo de Yuki que un lacónico “ha sido útil”.  “Su vida valía tanto como la mía” , gruñe la princesita, y a partir de entonces la nena se dedica a lanzar bombas anacrónicas  contra el sistema de un modo tal que no es de extrañar que sus mayores le hagan pasar por el “calladita está más mona”  y  le impongan mudez por su seguridad. Lo cual no impide a la niña usar su vara de modo igualmente efectivo y simbólico-incluso  arriesgando el anonimato de su  peligrosa escapada para rescatar a una pobrecilla campesina de su edad vendida como “alivio” tabernario.

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Ni se te ocurra, QUE TE VEO VENIR

Manejo de vara aparte, lo que la fuga sin pausa de la princesita rebelde le aporta es una nueva comprensión tanto de las miserias y alegrías del populacho como de la realización búdica de la fugacidad de la existencia. Al mismo tiempo que se desprende de sus últimos resabios de egotismo y petulancia adolescentes, y  al paso de  la adultez  esta nueva comprensión le permite  decidir que en el fondo, se lo ha pasado bomba en  su odisea .   La princesita rebelde recibe una lección fundamental.

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¡ QUE NOS QUITEN LO BAILAO!

Y dejando a nuestra princesa cantando sutras con su recién encontrada serenidad y sabiduría ,conviertiendo a villanos  aún a las puestas de un posible destino fatal, pasamos al tercer pilar de la función y la lección definitiva del visionado de esta película.

NO TOQUEN LOS YOJIMBOS A TOSHIRO MIFUNE

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Hombre, todo hay que decirlo. Esto no es el Trono de la sangre. Lo cual no quiere decir que al grandísimo Mifune, ceja poblada y barba militar al frente en el papel del atareado general Rokurōta no tenga ocasiones más que sobradas para demostrar su poderío- Literalmente. Le basta al amigo toshi con plantarse con todo el descaro delante de una hoguera delante de los pobrecitos Tahei y Matashichi con el ceño fruncido para tenerlos arratrándose cual gusanos a su merced. Lo cual no sería mayor mérito. tratándose de esos dos, si no fuera por los abundantes momentos “Qué tío” que Kurosawa otorga a su actor fetiche. Especialmente el extraordinario combate a lanza con un generalote rival delante de todo un respetuosamente atemorizado batallón, entre otras fazañas.

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yiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

 

Por no hablar de espectaculares cabalgadas con descabechamiento de soldadesca enemiga, cargas suicidas contera el enemigo acarreando doncellitas desvalidas como muñecas de trapo. trucos mentales casi ninja  para confundir al enemigo y, en fin, todo un repertorio que con otro actor de menor presencia haría del general nanny  un héroe demasiado de una pieza. Si no fuera porque estamos hablando de Toshiro Mifune, que puede con cualquier cosa en su rango actoral. Incluso hacer, según opinión del respetable, de Obi Wan  y Han Solo al mismo tiempo, aguantar el tipo y ser votado como candidato  ideal como ayuda ante una hipotética invasión zombie. Chúpate esa, Daryl Dixon.

 

¿Qué nos queda pora finalizar? El toque del maestro, su genialidad en la panorámica, extras a patadas,  y el  desesperado patetismo de personajes tan conmovedores como la esclavilla liberada que compensa la generosidad de Yukie pegándose a ella protegiéndola de un destino parecido al suyo…….en una de las escenas más divertidas de la película porque incluye a ya imaginamos quiénes.

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Leñe!

 

Que el mundo de la fortaleza escondida está en disolución, pero en un estado de caos no tan devastador como el de Ran.   Todavía es posible la esperanza y los buenos sentimentos. dentro de lo que cabe, ser épico aventurero sin deprimirse  en negrura shakesperiana. Quizás este optimismo haya sido tomado por intrascendencia, pero Yuki bailando en el festival del fuego puede ser tan imborrable como el general Washizu del Trono de la Sangre convertido en un erizo humano….en más sentidos que el literal.

 

Una autentica gozada

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Escribo para denunciar robo y estafa.
Parece mentira que a día de hoy se nos haya escamoteado en España y haya pasado tan de puntillas en España esta obra maestra del estudio Ghibli. Estoy convencida, puestos a lo peor, de que una película con reconocimiento internacional en todo festival festivable, parabienes críticos y nominación al oscar de animación-perdón Academia- como es de rigor (a pesar de tener a la apisonadora Disney post Frozen barriendo para casa) cerrando su carrera, ni tan siquiera ha pasado por la gran pantalla. Lo que en “este” caso concreto resulta poco menos que una alevosía. Ya lo he dicho.
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El cuento del cortador de bambú es uno de los textos fundacionales de la literatura japonesa. Lo asegura el prólogo de la cuidadísima edición de Cátedra y no hay motivos para dudarlo-e Aparte del silabario empleado, en él se encuentran varios motivos comunes al folklore universal incluso anteriores a la época de su fijación por escrito y familiares desde el imperio de la época Heian a la Europa de Perrault o los hermanos Grimm. (Por no decir nada del desternillante final de Naruto….o de cierta princesa del Ojo Blanco que desató la mayor pairing war que vieron los siglos). Pongamos por ejemplo una anciana pareja sin hijos bendecida de sopetón con una niña extraordinaria de origen misterioso, o la princesa inalcanzable imponiendo pruebas imposibles a un conjunto más o menos impresentable de pretendientes. Lo que aporta el cuento del vejete montañés que se encontró una princesita resplandeciente “del tamaño de un grano de mijo” dentro de un bambú es un poder de mito fundacional del tamaño del monte Fuji-literalmente. Lo que tiene esta milagrosa versión animada del “tale as old as time” es….al papá de Heidi y Marco al timón. Esto ya debería decirle todo al espectador español de edad interesante. Isao Takahata, colaborador de Hayao Miyazaki desde sus inicios en la Toei y responsable de las desventuras de la niña de los Alpes de marras, es igualmente autor de la que tiene fama de ser la película de animación del cine nipón, La tumba de las luciérnagas. Lo de este hombre es vocacional, y sobran más comentarios.

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La raíz del tojo verde…..

Takahata emplea todo su mimo, delicado arte y veteranía concretamente en “su” actualización del personaje de Kaguyahime, el regalo precioso otorgado a nuestro cortador de bambú directamente de las alturas celestes (si las cantidades de oro y vestimentas preciosas que aparecen tras al descubrimiento no fueran señales suficientes, la velocidad meteórica del crecimiento “en gracia y belleza” de la criaturita debería ser una buena pista). La Hime o princesita misteriosa de la historia disfruta, al contrario que en la narración original, de una infancia libre y salvaje en sus montaña al más puro estilo Heidi, salvo las cabras. El ritmo de la vida al paso de las estaciones, la armonía con la naturaleza y la alegría de los juegos con los chicos su pandilla, para quienes es, sencillamente, “Brotito” e incluso los amoriños primeiros terminan abruptamente cuando a su obcecado y cazurro padre se le mete entre ceja y ceja usar devolver a su Hime al lugar que le corresponde y convertir a Heidi en Adelaida, según lo que toma por imperativo divino . El cielo así lo ordena, o no habría enviado tanto oro y tantas sedas con la nena milagrosa.

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Canta el ruiseñor, caantaaa el ruiseñor…..

Brotito termina su existencia campesina para iniciar su adiestramiento en perfecta aristócrata de la época de la dama Murasaki.-Con impagable señorita Rottenmeier adosada y todo como profesora de buenas maneras. Una Hime no corre, incluso no camina, se desplaza suavemente arrodillada-si es imprescindible-tal es su función como parte del decorado. Una Hime no necesita cejas y no suda, porque no tiene necesidad de hacer esfuerzos. Una Hime se tiñe los dientes de negro porque no tiene necesidad de enseñar las encías como una mona. Una Hime no tiene otra cosa mejor que hacer que pasarse el día escondida tras un biombo dándole al Koto o practicando caligrafía. El resultado de semejante adiestramiento, que la desdichada parece “recordar” al platónico modo más que aprender, es colocar en el mercado matrimonial una perfecta mercancía a la que, al recibir su nombre completo “Princesa Kaguya”… acaba por venírsele encima todo el peso del patriarcado medieval- Mercancía tanto más melancólica y apagada cuanto con más afán su palurdo y bien intencionado padre adoptivo se empeña en colocarla.

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Papi, esto no puede ser normal

Por no decir nada de los muy individualizados y caricaturescos pretendientes de altísima cuna y turbias intenciones-la parte que sigue fielmente al cuento tradicional- a quienes la ya casadera e inalcanzable Kaguyahime impone tareas imposibles para sacárselos de encima, como buena heroína de cuento tradicional-Pero, al sentido del humor rompedor de la narración original nipona nuestra Hime es, ya para siempre, el arquetipo de la princesa que no podía reír.

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Y para colmo, sin verle la cara ni una sola vez

No hay contraste más desolador que el del hada misteriosa de voz y música hechiceras oculta tras su biombo, a quien esta cuadrilla de snobs pretende como premio y la pobre Heidi-o Kaguya prisionera de sus capas de kimonono y pintura y encerrada en sus jardines artificiales. Para cuando la fama de la imposible Kaguyahime llega a los ávidos oídos del joven y marchoso emperador, se masca la tragedia.

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Este affaire imperial- la culminación de nuestro drama arquetípico de menosprecio de corte y alabanza de aldea – es quizá la mayor divergencia con la historia original respecto al personaje de Kaguya, pero un muy lógico final a los desvaríos del inocentón campesino que se encontró un tesoro venido del cielo y a quien el éxito de su Hime terminó por alelar definitivamente. El arrepentimiento llega al tiempo de la revelación de los altos, altísimos orígenes de la niña del bambú.

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Todo ello dibujado al trazo suelto y amorosamente decorado como una acuarela. La simplicidad clásica del estilo brilla especialmente en momentos extraordinarios -Kaguya, en un estallido de furia animal, llega a convertirse casi en un ideograma- Kaguya mezcla presente y pasado bailando bajo un cerezo en flor…. Los rostros pueden llegara poseer la intensidad de un grabado, la banda sonora de otro veterano del estudio, Joe Hisaishi….se eleva y en fin, quizás es este aire intemporal y casi testamentario lo que convierta a este fim-junto con “el viento se levanta” de Miyazaki, el perfecto broche o fin de fase a unos estudios que están…..en reestructuración.

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Ah la luna la luna

Lo extraordinario del cuento de la princesa Kaguya, mito y película, es su apasionada defensa de los efímeros placeres y los inevitables dolores terrenos frente al vacío de la perfección divina-no sentir nada. Al grito indignado de la finalmente humanizada Kaguya del cuento original “Estás hablando como un insensato” cuando los seres celestiales de los que proviene le hablan del mundo impuro de aquí abajo que está a punto de olvidar, se une el de versión fílmica cuando-en dos momentos de belleza casi surreal-completa la canción tradicional de su aldea con su propia estrofa y melodía, poniendo su fe en eterno ciclo del renacimiento y pidiendo desesperadamente no ser olvidada en el mundo sublunar. Al igual que esta película, de la que tampoco somos dignos salvo para la contemplación en arrobo extático.

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I can show you the wooooorld…..

Ay caray, qué peligro tienen las adaptaciones literarias.

Solo un maestro como Hayao Miyazaki podía sacarme de mi letargo bloguero, pero a costa de-pobrecita yo-un montón de emociones encontradas. Fue gracias al maestro y a su estudio Ghibli que una joyita del género fantasioso juvenil como es El castillo ambulante, de Diana Wynne-Jones se editara o reeditara (a saber) en España. Motivo a su vez, que yo diera con el librito-merced a una fabulosa ilustración ghibliana de cubierta-y fue, por rematarlo, lo mucho que disfruté con la dichosa novela lo que me hizo dudar años-literal y literariamente-el momento de enfrentarme a su adaptación animada.
LLegada pues al momento de la verdad-¿Me ha sido posible separar la adaptación de la obra, o la obra de la adaptación?
No, desgraciadamente-y aun reconociendo en el Castillo ambulante-película, las virtudes que como novata estoy aprendiendo a fusmear en todas las pelis ghiblianas a las que termino por hincar el diente, es decir-

1-El detalle. Dios mío, el nivel de detalle.

Festín visual es quedarse corto. La habitual primorosidad en cada fondo, paisaje, música y animación-y si hay que meter pequeños morphings, o digitalizar el celebrado y steampunkiano castillo de la historia, o unas cuantas igualmente steampunkianas batallas aéreas, pues a ello. Y qué decir de paisajes, pueblos y ciudades-inspirados en Alsacia según parece-con esa obsesión tan nipona por la Europa Bellepoquiana que les permite despepitar en la ambientación y añadir más dorados, volutas y floripondios que en una tarta vienesa y con más brío que Joel Schumacher adaptando El fantasma de la ópera.

2-El concepto del castillo ambulante-hablando de virtuosismo.

Si la autora de la novela original cocinó la historia, a sugerencia de un tierno infante, solo para jugar con la idea de este artefacto interdimensional al que solo supera en bizarría absurda la Tardis del Doctor Who, Ghibli tenía que animar el invento para que el maravillado resspetable pueda contemplar al artefacto caminando, vadeando, saltando, humeando, reagrupándose y desmoronándose a placer y con todo lujo de detalles. Qué menos.

3-Le shojo. Oh, le shojo.

Los protagonistas de este cuento, el mago misterioso, vanidoso y supuestamente despiadado Howl y la ratonil, acomplejada y trabajadora Sophie Hatter han pegado fuerte como objeto de adoración de los aficionados al cosplay y al anime shipping y no es para menos-Miyazaki se concentra con su habitual finesse en el improbable romance entre la criatura sobrenatural-y con problemas de pluma en el sentido más estricto del término-y la vecinita de al lado inmersa, sin comerlo ni beberlo, en el ataque de la metamorfosis y lo maravilloso. En este sentido, los críticos sesudos ya han comparado las peripecias de Sophie y con las de Chihiro y efectivamente la primera parte del fime, concentrada en la irrupción de lo sobrenatural en lo cotidiano-incluso cuando lo cotidiano es un mundo de cuento de hadas-resulta ghiblianamente ejemplar. El problema está en cuanto la historia deriva hacia, ecologismo aparte, las otras obsesiones de Miyazaki, obsesiones más que evidentes para alguien que se zampado La princesa Mononoke y Nausicaa del Valle del Viento casi en programa doble.

El antibelicismo. Of course.
Para nuestro hombre la guerra es el atajo más directo al infierno, atajo pavimentado impepinablemente de buenas intenciones echadas a perder …y el desbarajuste resultante necesita guante blanco y buenas raciones de “hablando se entiende la gente”. Al maestro Miyazaki le gustan los tonos grises y el aturullamiento al que conduce demasiada gente creyéndose con la razón de su parte. El problema está en que para colocar “el mensaje” en la chispeante novela de Wynne Jones, Miyazaki ha tenido que recurrir más que al calzador, a la apisonadora. Para resumir, el filme de Miyazaki, aun utilizando en líneas generales el planteamiento, premisa, parte del mensaje-y castillo-ideados por la autora, tiene su propia agenda, y en ella se diluye y cae víctima una de las mejores bazas del libro-el humor británico irónico-por no decir paródico de las convenciones del género- y su sano sentido del regodeo.
Así pues, respetando la propia entidad de este Castillo ambulante como película con su específico tratamiento de la historia y personajes, un buen surtido de momentos Nescafé extraordinarios y el siempre eficiente lirismo miyazakiano (hay un par de escenas oníricas que son lagrimables de puro sublime), como adaptación-versión libre-“inspirado en” el film resultante no puede librarse del peligro de dejar al purista meneando la cabeza y refunfuñando-“No era esto, no era esto”.
Aplicando a Howl el chiste de las cabras mordisqueando respecivamente una novela y un rollo de celuloide, me reconozco en el campo de “El libro está mejor” .

Comenzando en el mismo tratamiento de la pareja protagonista.

“Este encantamiento tiene varias capas”

En un cenicientoide país de cuento de hadas, la seria y responsable Sophie Hatter se aplica con afán a su tarea de sombrerera mientras el resto de las chicas del taller corretean y comentan alteradas y revolucionadas la aparición en la ciudad del castillo ambulante y su misterioso propietario el mago Howl, del que se afirma que devora el corazón de las mozas casaderas, o su alma, o en definitiva, algo supuestamente terrrible, pero emocionante.. El caprichoso destino, como no podía ser menos, se encarga de que en un mismo día a Sophie la lleve en volandas-o más bien en un vuelo de reconocimiento aéreo- un sofisticado rubio de ojos brillantes, que la deja flotando en el aire a todos los efectos- y, a consecuencia directa de ello, reciba en su tienda la visita inesperada de la maligna-y celosa- Bruja del Pantano. La cual no tarda ni estas en hechizar a Sophie transformándola en una momificada nonagenaria. A la heroína no le queda otra que desaparecer discretamente para buscar un remedio a su maldición y un adecuado refugio a sus penas “invitándose” al ominoso castillo peripatético del mago Howl y sobornando a su maquinaria oculta (o más bien bombona de butano parlante), el demonejo de fuego Calcifer- ouch, estos japoneses y su gusto por las monerías chibi-.Calcifer se ofrece a liberar a Sophie de su maldición si ella, a su vez, deshace el contrato que une al diablete con el mago Howl y el castillo.Teniendo en cuenta que ni Sophie puede revelar voluntariamente su hechizo, por maldición, ni Calcifer, por contrato, los términos de su ligazóm , la tarea se antoja como un día sin pan. En ello se juega el futuro de Sophie,el misterio del paradero del corazón de Howl y la misma estabilidad del reino de Ingary.
¿Qué tiene que perder, de todos modos?
Y aquí, basicamente, comienzan las divergencias entre novela y película. A partir de aquí, centrémonos en spoilers a tutiplén y en lo que considero semejanzas y diferencias fatales entre los Howl y Sophie de Miyazaki y las criaturas originarias de Wynne Jones.

Sophie Hatter

Lo que Miyazaki hizo bien: La falta de auto estima y la cabezonería. Sophie es la mayor de tres hermanas y tiene una madrastra, luego según las reglas de los cuentos de hadas “todo el mundo sabe que serás el primero en fracasar, y de la peor forma, si los tres salen en busca de fortuna”. Sophie es un personaje brontiano, torbellino bajo capa modosa, en su represión auto impuesta y en el fondo una olla express adolescente a punto de estallar. Tan convencida está de su grisura que gris es el color de su vestido,”ratita gris” la llama Howl en su primer brevísimo encuentro y su reacción en la novela al contemplarse en el espejo una vez hechizada es….de tranquila resignación, no del shock mostrado en la película. ” Este aspecto se parece más a quien realmente eres”, se dice a sí misma.”Este vestido gris me va bastante”, añade para rematarlo. Es más que obvio que Sophie ya está “hechizada” mucho antes del embarazoso incidente con la bruja-y su determinación tozuda en ceñirse a la idea que se ha hecho de sí misma es digna de un poema . Por supuesto, la verdadera Sophie aflora en cuanto le cae encima la maldición y se convierte en la ancianita más cañera, hiperactiva y entrometida que vieron los siglos, dedicada en cuerpo y alma en poner patas arriba el desorden y guarrería del Castillo ambulante a golpe de escoba y portar el caos a la vida de sus desdichados habitantes, Howl, Calcifer y el aprendiz Michael-en la película, un parvulillo de cinco años, no podía ser de otro modo.. Miyazaki ahonda en la idea de una Sophie que encuentra en su estado de anciana el disfraz perfecto haciendo que sus arrugas y su apariencia grotesca se difuminen o incluso desaparezcan momentaneamente cuando Sophie “pierde la concentración”, por así decirlo, hasta que se encuentra siendo el centro de atención y el “disfraz” reaparece. Esta claro que esta niña estaba esperando como agua de mayo la ocasión de desmelenarse-incluso si la propia Sophie preferiría someterse a tortura antes de reconocerlo.

Donde Miyazaki se queda corto-La mala leche. Ante todo, las malas pulgas. La Sophie de la novela es lo menos parecido a una heroína-sacarina dickensiana siempre dispuesta a las virtudes de la existencia relativa….por mucho que a ella misma le gustaría creerse tan resignada como la pequeña Dorrit. A decir verdad, Sophie es arrebatada, y tiene un temperamento de mil pares de demonios- de fuego o no-y es una auténtica pena que Miyazaki optara por dulcificar el cuerpo a cuerpo verbal entre el mago Howl-dueño de una paciencia casi infinita e inaudita en lo que a esta viejecilla enloquecida se refiere- y Sophie, y esto incluye el disparatado proceso de enamoramiento de, recordemos,una heroína con los achaques propios de sus 90 inviernos que de pronto se encuentra protagonizando “Harold y Maude”. Y celosa, apasionadamente celosa, sin que, en ese punto de la novela,Sophie recuerde su edad “actual”, o que debería sentirse escandalizada, a sus años. La Sophie Miyazakiana es demasiado obvia en su deslumbramiento-aunque igualmente cabezota como para admitirlo.
Y un último punto fundamental-La Sophie de la novela, como sospechamos en cuanto la vemos dominando a Calcifer, a Howl, y hablando constantemente a objetos inanimados….es, ella misma, una hechicera natural de poderes insospechados por ella misma (por variar).

Howell Jenkins

El único momento en el que el Howl de la película y el de la novela coinciden-“Y yo con estos pelos” o “Qué has hecho, desgraciada”
El Horrible Howl, El mago Pendragon, el brujo Jenkin…para qué seguir.Si hay alguien que se pirra por ser el centro de atención, ese es Howl. Aquí tenemos otro caso de personaje a la fuga de sí mismo, escondido bajo una capa voluntaria de “glamour” hechiceresco para jugar al “como le gustaría verse -ser visto por los demás”. Y voilá, esto es en lo único que coinciden el Howl miyazakiano y el Howl novelesco.Ah sí, y que en ambos casos se trata de un poderosísimo hechicero, cobarde, vanidoso y autoindulgente. O que quiere convencerse a sí mismo de que es cobarde, vanidoso y autoindulgente por imagen, si hablamos de la película, y por pura vagancia, si lo hacemos de la novela. En este caso no pudo haber transición cultural posible y bien que lo siento, porque el Howl película es una criatura fantástico-mística en peligro constante de perder su humanidad y convertirse en una espantable arpía masculina debido a sus heroicos esfuerzos por parar una guerra absurda entre dos paises.El Howell Jenkins de la novela es,…(atención al spoiler porque esto explica mucho del personaje tal y como lo vio la autora…) de Gales. Y con eso ya está dicho casi todo. Punto de genialidad extra para la autora por convertir esa parte de la Gran Bretaña en uno más de los espacios míticos a los que está conectada una de las puertas del castillo y a su Howl en precursor de las versiones más recientes del Doctor Who, versión Matt Smith o David Tennant.. Mejor aún-“Howl” es un veinteañero británico de los 80, lo que da sentido doble a su gusto por el “glam” para su disfraz público y aumenta en igual medida la hilaridad del personaje. Que es un drama queen de mucho cuidado, temperamental como buen celta-capaz de cubrir el interior del castillo en asqueroso limo verde en un berrinche por un quítame allá estos pelos, o convertir un catarrazo en algo….épicoperístico- y aficionado a jugar al rugby y la cerveza.En lo único que no sigue el tópico es que no se le da bien cantar a coro, no se puede tener todo, pero solo su primera reacción al recobrarse de la consabida situación de vida o muerte-“Por amor de Dios, qué resaca tengo” nos demuestra que para visualizarlo en carne mortal necesitaríamos a un Richard Burton joven o a cualquier actor galés vivo de nombre impronunciable, Rhys Ifans si tiramos por el desfase, o bien Ioan Gruffudd, Matthew Rhys o Aneurin Barnard si vamos por versiones más convencionales.

O-editado esto el 6 de diciembre-Daniel Ings, actor de aspecto convenientemente galés aunque no lo sea, elegido perfectísimamente para ser Howl en la refundición para niños de la Southwark playhouse en 2011.

howl´s moving castle

howl hooting
Gurl, please… I´m fabulous
Vaaale, esto ya es algo más aproximado.Y sí, la Sophie joven de la novela es pelirroja. Eso también es inevitable, aunque solo se nos revele al deshacerse de su ancianidad encantada.

Como símbolo de las diferencias entre el Howl de Miyazaki y el de Wynne Jones-el Howl ghibliano es todavía mas bishie, chihiriano y jovencito sin su disfraz glamouroso que en su versión “pública”.(::::::::::)

Alto ahí, se me dirá-¿Estás insinuando por un casual que en el caso del castillo ambulante Miyazaki bajó el listón o no tiene bastante entidad como historia independiente?
Jamais de la vie, y ahí está la puntuación general de la película en el IMDB o la cantidad de fan art encontrable flotando por todas partes. La misma novela, por ejemplo, abusa de la comedia de enredo basado no solo en magia, sino en percepción y punto de vista-no solo Howl y Sophie, en un momento determinado casi nadie en la novela es lo que parece o dice ser, con el caos subsiguiente.La película tiende al romanticisnmo, el melodrama suave y la potencia visual.
Podrá decirse que, la próxima vez, tendré que dejarme el libro en casa-y estoy pensando en lo que Miyazaki junior, Goro, habrá hecho con algo todavía más peliagudo como las Historias de Terramar de Ursula K. Leguin. Juro que no releeré una sola página antes de hacerme con la versión Ghibli. No volvamos a empezar, que me conozco.

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Resulta por demás curioso el hecho de que, sin ser precisamente alérgica a la estética y la gestualidad del cine mudo-(y no soy la única, a juzgar por la acogida crítica a The artist, sea sólo por lo exótico de la propuesta en tiempos infográficos) las únicas imágenes almacenadas en mi memoria sobre Metrópolis , la obra cumbre silente de Fritz Lang, estén incluidas en un videoclip de Queen.
Pero ahí está la gracia- el no ser capaz de separar el nacimiento de la criatura robótica de los compases del “Love Kills” y la voz del nunca bastante llorado Freddie Mercury no es sino un ejemplo más del surrealista y extraordinario destino de esta distopía de los locos 20. Y no me refiero sólo a los múltiples intentos de restauración o recuperación del metraje original, o que unos de sus reestrenos tuviera una banda sonora ochentera, sino que la sola visión del fotograma geométricamente impactante de la creación de la mujer artificial fuera capaz de inspirar al Dios Padre del manga Osamu Tezuka para crear su propia historieta….y el que, al filo del siglo XXI, se contara con el guión del mismísimo Katsuhiro Otomo para adaptar el tebeo tezukiano enlazándolo en lo posible con el original germano y convertirla, de nuevo, en largometraje, esta vez animado.

No hay más que echar el ojo a este Metropolis versión anime para apreciar la labor de homenaje-declaración de amor a los originales en todos los sentidos. No en vano se puso al mando del proyecto otro animador clásico, Rintaro, el papá del capitán Harlock, veterano que había cambiado los dientes de leche artísticos como miembro del estudio de Tezuka – en la versión televisada de Astro boy, nada menos. El respeto escrupuloso al tierno y redondeado estilo Tezuka, tan inspirado por el Fleisher de Popeye y la Betty Boop, o el Disney de las Sinfonías tontas-y que tanto puede chocar con los gustos del paisanaje actual-salta a la vista en cuanto nuestros personajes comienzan a compartir plano.

Una monada demodé-que combina a la perfección, en líneas generales, con el aspecto retrofuturista que se pretende reproducir en el film, un homenaje art decó a los imponentes decorados del film mudo original y al urbanismo desaforado de los años de entreguerras, con Nueva York como referencia y la música de jazz como fondo musical constante. No en vano es la megalópolis del título la auténtica protagonista de la función. Su centro geográfico y logro supremo-sacado estilísticamente de Lang-es el zigurat, edificio colosal y metáfora desarrollada a lo largo de la historia que se nos cuenta- la Torre de Babel, el edificio del orgullo desmedido, el símbolo del futuro inmediato que aguardaba a una población industrializada, alienante y materialmente engullida por las super-ciudades.Y aquí es donde se aprecia la manita guionística de don Katsuhiro Otomo, el creador de otra Babilonia desquiciada y caníbal como fue la Neo-Tokio de su ” Akira”. A Otomo se le nota en su salsa, porque cualquier delirio urbanístico imaginado tras el pepinazo de la Primera Guerra Mundial era ya más que una realidad atiborrada en los años 80, cuando al batiburrillo rebosante se le había añadido, además, la posibilidad del desastre nuclear para animar todavía más el cotarro. Eso sí, por lo menos el leviatán que es Metropolis resulta tan espectacular como sólo podía serlo el futuro imaginado en los años 20 y 30.

Los desbarres modernistas de Metropolis…o al menos, la parte más brillante y reluciente

Metropolis, versión Rintaro-Otomo es una plutocracia donde tras las autoridades políticas y militares se esconde la figura del poder en la sombra o magnate mangante, Duke Red, un personaje que ya Tezuka caricaturizaba como mezcla de cacatúa y ave de presa y que controla los destinos de la ciudad a golpe de propaganda, derroches arquitectónicos y una especie de juventudes parafascistas-hitlerianas, los Marduks, que financia “extraoficialmente” y están encargados de mantener el orden-apartheid entre los distintos niveles de la ciudad. Comienza la acción cuando las fuerzas vivas de Metrópolis celebran en total estilo Hollywood la inauguración del ya mencionado Zigurat entre el publicitado regocijo popular, fuegos de artificio y mucha consigna enaltecedora. Los rumores de descontento entre las clases inferiores y los problemas que está ocasionando la preeminencia de la mano de obra robotizada tampoco disimulan que las subsodichas fuerzas rectoras no son más que un grupo de chacales en alianza precaria y más que dispuestos a despedazarse entre ellos a la menor oportunidad.

Los fastos y tracas celebratorias del estreno mundial del Zigurat-nada mejor que un festival de fuegos artificiales para darse puñaladas traperas con discreción

Rock quiere un papi, Duke Red sólo quiere un sicario-el drama está servido

El cacique Red parace confromarse-por el momento-con ser la fuerza detrás del trono-posiblemente, porque el trono real y auténtico está camuflado en el nuevo edificio-Zigurat, y Red ya tiene en mente quién, o qué- está destinado a ocuparlo-(y no se trata precisamente de su mismísima persona), aunque para ello tenga que contar con la colaboración del doctor loco de guardia, o de las iras adolescentes y fanáticas de Rock, niñato que lidera sus fuerzas de choque y se considera su hijo-lo quiera el Jefe o no. Tezuka no tenía problemas en emplear personajes recurrentes en diferentes historias y circunstacias para poblar sus mangas juveniles. A Rock, sus aires macarras, falta de escrúpulos e inseparables gafas de sol, Tezuka terminó por convertirlo en el antagonista-rival por excelencia del héroe idealista de sus historietas. En Metrópolis, Rock es un fanático de gatillo fácil, humano supremacista que aborrece a los robots y vive obsesionado por el reconocimiento “paterno” de su líder, que lo recogió cuando era un huerfanito de guerra. Los tornillos-con perdón- que va perdiendo por el camino en esta película tienen un orígen muy sentimental-celucos, y una causa de peso-su idolatrado Líder está haciéndose construir en secreto al ser último, el superhumano definitivo destinado a ocupar el trono… un robot de última generación fabricado a imagen de su hijita perdida. Lo de ser suplantado en el aprecio “paterno” por un muñeco es algo que a Rock le despierta todos los instintos asesinos, mientras que al doctor loco Laughton al que Red ha encargado construir al ser definitivo le siguen la pista desde Japón y con orden de arresto internacional por tráfico de órganos dos héroes habituales tekuzianos, el detective bigotudo Sunshaku ban , el aparentemente despistado pero siempre perseverante puño de la ley….y su sobrino Kenichi.

Los inocentes en el extranjero-Kenichi, su tío, y Pero, el robot guía-sabueso

A Kenichi Shikishima, el primer héroe juvenil recurrente diseñado por el entonces estudiante Tezuka, y al éxito que tuvo su primera aventura, La nueva Isla del tesoro, casi podríamos decir que le debemos el despegue del manga tal y como lo conocemos. Ahí es nada. (También le debemos, ya más crecido, en la versión Tezuka del Mundo perdido y gracias a la aplicación en plan Mogambo de la censura de entonces, uno de los diálogos más descacharrantes de la historia del manga, pero esa es otra historia). Kenichi fue el Tintín-boy scout modelo para la infancia japonesa de la postguerra y en este versión de Metrópolis, representa ante todo,el candor infantil y los buenos modales. Mientras las clases altas desprecian a la mano de obra robótica y el proletariado la aborrece debido a las leyes de mercado y la competencia por ser mano de obra barata, lo primero que Kenichi hace al conocer al ayudante robótico asignado a su tío es tenderle educadamente la mano y considerar su número de identificación lo suficientemente significativo como para memorizarlo enterito, ante el asombro del interesado. Kenichi y el tío Shunshaku nos servirán de ojos para desentrañar el intrincado funcionamiento de Metróplis y lo que se esconde detrás de su brillante niquelado-desde los suburbios de la Zona 1, donde se apiñan los desesperados, indeseables y revolucionarios de diverso pelaje, hasta-bloqueados tras pases y control riguroso- los lugares subterráneos donde sólo un robot puede aguantar la jornada laboral completa. En el Nivel 1, en un laboratorio a lo James Whale camuflado, el destino interviene para que, de forma algo precipitada y caótica, la criatura superpoderosa que el Doctor Laughton abra los ojitos muy fritzlangianamente.


Y toma candela, Elsa Lanchester!

De casualidad tan afortunada que lo primero que ven esos ojitos es a Kenichi, que se ha separado accidentalmente de su tío mientras el laboratorio secreto estalla en pedazos. La criatura es una querubínica niña rubia llamada Tima que durante la primera parte de su metraje, seguirá e imitará a Kenichi tan dócilmente como un polluelo a su mamá pato. Mientras Tima intenta asimilar conceptos tan peliagudos como identidad, lenguaje, adaptación al entorno y relaciones personales, es la misión del devoto Kenichi ocuparse de su nueva amiguita con la mayor naturalidad del mundo mientras la criatura mecánica se “actualiza” periódicamente de modo discreto. Algo tremendamente complicado cuando Rock y sus marduks están empeñados en darle caza incansablemente, los proles de Metroóolis preparan su revuelta y tanto Duke Red como sus rivales en la cúpula de mando se aprestan a utilizar el creciente sentimiento anti-robot para sus propios fines. Mayormente, acabar unos con otros.


Tima “quién soy yo” aprende a velocidad de vértigo, pero conseguir una personalidad va ser más duro de lo que parece

Para no llamar a engaño, este versión de metrópolis no insiste demasiado en la épica política o el drama social-con robots y todo. Lo que se hereda de Tezuka es el gusto por la aventura fantacientífica, la parábola tierna a lo Eduardo Manostijeras y la quincuagésima vuelta de tuerca de la historia de Astroboy, en este caso, Pinocha, la niña que creía ser de verdad. Y en este punto coincide con el guionista Otomo (seguidor incluso antes de su Akira de las advertencias del propio Osamu Tezuka acerca de la intolerancia, la degradación del ser humano y el peligro del avance científico sin freno-) en la descripción del acoso implacable y el acorralamiento de un desvalido superpoderoso, la capacidad deshumanizadora de las megalópolis y en mostrar cómo la ambición, el militarismo o la corrupción política y el desarrollo técnico ilimitados se arriesgan a jugar con fuerzas que no pueden acabar de controlar o comprender…como ocurre con el experimento número 28, Akira, o la seráfica Tima, el ser perfecto, para encabezarse derechitos a la catástrofe. O dada la importancia que se da en Metrópolis a la metáfora de la torre de Babel, al castigo divino a tanta soberbia. No hay nada con lo que Otomo disfrute más que con un tantico de fuego purificador. La misma imágen alegórica de Tima “actualizando programa” recargando las pilas y transfigurándose al sol entre palomos virtuales y paseantes extasiados es tal mismo tiempo tan desasosegante como esperanzadora. Tima es un enviado-pero ¿de qué?

Angelitos al cielo. Mucho rayo de sol, pero esto no es una película de Marisol.

Lo más destacable de esta Metrópolis del 2001 se encuentra en los detalles que a primera vista puedan parecer más chocantes- desde la cuidadosa conservación del diseño de personajes a lo Tezuka al swing jazzístico como acompañamiento musical machacante (Tima va siempre acompañada de un pequeño transistor rojo como ventana al mundo) que llega incluso a combinarse con los ruidos ambiente en la delirante escena que incluye a un equipo de robots de emergencia apagando el incendio del laboratorio no tan secreto- chifladura que parece salida de los payasos de Dumbo. O la obsesión con los decorados opresivos-la ciudad lo envuelve todo enanizando y ahogando a la población amontonada de un modo tan opresivo que los tugurios de la zona 1, por ejemplo, apenas reciben ya la luz del sol. La imponente mole de rascacielos que incluye la sombra amenazante del nuevo Zigurat lo invade todo y los árboles no dejan ver el bosque . El brillo plateado y dorado de la zona alta cambia a terrosidases chillonas cuando se desciende de niveles, hasta llegar al Hades del nivel 3. La saturación de los diferentes tipos de laboratorios-el modelo ARTESANAL del doctor Laughton, las torres de control a la última del zigurat, y el delirio cyber punk total de su sala del trono, donde tiene lugar la apoteosis final a lo Otomo que todos esperábamos-¿Que fan de Akira no sufre una horrenda sensación de deja vu viendo a Tima cumplir con su destino, recordando la célebre viñeta de Akira entronizado y vestidito de niño emperador-marioneta de Neo Tokio, o recuerda la pesadilla nueva carne en la que termina asfixiado el anihéroe Tesuo Shima?



Agobio. Mucho agobio.

“Lo que intenté expresar en mis obras se puede resumir en el siguiente mensaje: amad a todas las criaturas, amad a todo ser vivo!”-Dijo Osamu Tezuka. Al homenaje que se le dedica en Metropolis se le perdonan sus ocasionales lapsus de caida en el barullo o sus líneas argumentales para las que no se encuentra tiempo suficiente gracias a la aplicación primorosa de las máximas del maestro. Nadie que haya visto Metropolis podrá evitar el asociarla para siempre con el “I cant stop loving you” de Ray Charles. Todo por haber comprendido junto a kenichi el significado literal de quedarse con el corazón en un puño.

Those happy hours that we once knew
Tho’ long ago, they still make me blue
They say that time heals a broken heart
But time has stood still since we’ve been apart

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Lo que son las cosas-ya ni recordaba cuánto me había impresionado La princesa Mononoke (1997), el mascarón de proa de Hayao Miyazaki y su estudio Ghibli, hasta que la revisión de turno me permitió comprobar la cantidad de imágenes que “se me habían quedado grabadas” -todo un mérito para alguien con la memoria visual de un carpín dorado. El mismo poster japonés ya es todo un icono. La chica de película-que ni es princesa ni se llama Mononoke-mirando desafiante, faca albaceteña en ristre, los morritos ensangrentados y, junto a ella, un pedazo de lobo blanco capaz de dejar a los huargos de Juego de tronos-especialmente los chuchis de la serie-temblando de pavor como patéticos chihuahuas.
Ideal como emblema de girl-powah animado, creo yo. Y justo por la misma época en la que la Mulan de Disney se cortaba la melena y partía a hacer la mili para salvar China-y, de paso, saltar la Gran muralla y cortejar para la Company al coloso asiático. Resalto a Mulan y lo de la época porque, en operación inversa, fue la por aquel entonces filial adulta de la Disney, Miramax, la encargada de introducir Mononoke Hime en el otro gigante inasaltable e impermeable, el mercado americano, con resultados decepcionantes para un film que costó un riñón o dos.
Y resalto esto tan espinoso y ambiguo del “girl power”. Si Mulan desató controversia por realizarse como mujer disfrazándose de chico…¿Qué pensará la correctez política de la Princesa Mononoke, la niña que quería ser un lobo?

Viene a cuento el asunto porque si el tema por excelencia de Mononoke es la ausencia de la armonía y la disrupción del orden natural de las cosas, lo más curioso de la historia es que, por una vez, las encarnaciones del tal conflicto-que no es un simple drama de gineceo, sino una alteración del equilibrio del mundo- son dos arrojadas mujeres… y la voz de la cordura zen y el encargado del-muy desagradecido-papel de mediador nato que simpatiza con las dos partes y sólo quiere lo mejor para todos sea el protagonista masculino, el valiente Ashitaka.

Ashitaka el arquero es un príncipe Emishi, al parecer una cultura aborigen japonesa que al comenzar la historia lleva 500 años oculta y separada de la organización imperial. Como futuro líder, es su tarea acabar con un terrorífico jabalí-demonio del tamaño de un panzer y cubierto de gusanos viscosos que estaba a punto de arrasar su aldea, pero en la refriega, el brazo de nuestro héroe queda herido e infectado por el odio asesino del monstruo. Marcado por la maldición cual Larry Talbot y destinado a morir consumido por ella entre dolores atroces a medida que se extienda por su cuerpo, Ashitaka abandona para siempre a los suyos y por consejo de la chamán de su aldea, decide aceptar su destino “con el alma vaciada de odio” y marchar al oeste para averiguar el orígen de la misteriosa “bola de hierro” alojada en el cuerpo del dios jabalí que enloqueció a la bestia hasta convertirla en un demonio sediento de sangre. Por supuesto que estar maldito tiene también sus pequeñas ventajas-dejarse llevar por la ira refuerza y acelera la labor destructora de la infección, pero otorga a Ashitaka superpoderes cg- gusaniles tan efectivos como vistosillos cuando a nuestro mocín le toca vender cara su piel.

A la película no le tiembla el pulso a la hora de mostrar decapitaciones y mutilaciones surtidas. Ashitaka su arco y sus gusarapos tienen mucho que ver en ellas.

La historia de héroe marcado y desterrado, de fuerzas naturales y animalazos primigenios adorados como dioses no puede tener, como vemos, un resabio más mítico-arcaico-arcádico. A lomos de Yakul, su brioso ciervo-antílope-lo que sea, Ashitaka va a toparse con la modernidad en lucha constante con el mundo intemporal. Modernidad que viene en forma de atareados lugareños, acosados tanto por samurais de rapiña a las órdenes del señor feudal de turno-nunca puede faltar un noble que robe más de la cuenta, diría muñoz seca-como por los señores y dioses del bosque. Entre ellos, una manada de lobazos níveos tamaño percherón, una mamá lobo tres veces mayor que su camada, y San, su hija adoptiva humana. La entrada de la fiera de mi niña en la vida de Ashitaka, lamiendo y sorbiendo la sangre de las heridas de mamá lobo con gesto de echar un muerdo al primero que se acerque es lo más definitorio que he visto desde que Galdós introdujera a su Fortunata engullendo la yema de un huevo crudo.

GRRRRR- I´m a woman, hear me roar

Esta dulce criatura es, Kami nos valga, la chica de la función. Ashitaka la encuantra preciosa. Ella, sencillamente, ni siquiera se considera humana, sino loba y, efectivamente, no hay casi ninguna reacción convencional en esta animalizada chiquilla. Incluso sus gestos tiernos-lamer heridas o, en su acto más memorable, desgarrar masticar cecina para alimentar boca a boca a un Ashitaka moribundo-son lo más indomable posible, dentro de lo que cabe. Por otra parte, Miyazaki acentúa la condición de “ni carne ni pescado” de San evitando la mogwlización completa de su criatura-es bípeda, va vestida -camuflada con pieles de lobo, lleva tatuajes faciales como los del clan Inuzuka de “Naruto” y una máscara de combate que ni el Jason de Crystal lake. San es ante todo, una jovencita airada y enfurecida contra los humanos depredadores y usurpadores. Para los lugareños es la “princesa Mononoke”, el espíritu vengador del bosque y la montaña, y para la sabia diosa Lobo Moro, su querida hijita fea. La causa de la furia de San es la bruja malvada del cuento, lady Eboshi, el personaje más intrigante-en el doble sentido- de la película.

Donde pone el ojo, pone la bala.

Lady Eboshi, villana con iniciativa y visión de futuro-una mezcla entre Virgen Juramentada, Mujer Terible en la Ira y Seño Asesina muy al estilo de las féminas formidables de Hiromu Arakawa o la Tsubasa Nishikiori del Mazinger Z, representa la falta de escrúpulos y voracidad ilimitada de la humanidad civilizada. Tolkien la odiaría, mismamente, porque nuestra doña Bárbara nipona sería capaz, ella solita, de llevar a cabo la destrucción de la idílica Comarca Hobbit para montarse la primera revolución industrial. De hecho, Lady Eboshi está arrasando la montaña y los bosques ancestrales en beneficio propio y de su Ciudad de Hierro, aldea-fundición que controla con garras de seda sin que nadie ose ni toserla, sin encomendarse a los dioses o a los demonios, y sin ceder al odio de las fuerzas ancestrales del bosque ni al chantaje inevitable del señor feudal del distrito, que emplea a sus samurais para acosarla. Eboshi es, en suma, la personificación de todo lo que nuestra Hija de Lobos San aborrece y ha jurado matar. Ashitaka no es tan rápido en el “que el cielo la juzgue” porque, implacable como es, la señora ha comprado los contratos de los burdeles de la zona, liberado a las furciucas locales, y las ha convertido en sus trabajadoras especializadas. Lo que es más, Eboshi ha acogido en su jardín, atendido e incorporado en sus fuerzas operarias especiales a los leprosos del lugar y diseñando con ellos mosquetes ligeros, ha convertido a sus chicas en tiradoras de élite. Y todo ello mientras los rosmones hombres del poblado se dedican al transporte de hierro o de provisiones y a ser cebo viviente de lobos o samurais, según caiga el día. Y con todo el mundo encantado de la vida-los leprosos adorándola como a una santa y las chicas, muy en espíritu de pioneras del far west, decididas a dejarse la piel en la fundición antes que volver a la triste vida alegre del mundo flotante. Cosas de obtener respeto, así a lo tonto, Lady Eboshi está a punto de instaurar un matriarcado.

Eboshi y sus comandos de maris de élite

La “princesa Mono9noke” y la señora Eboshi son dos fuerzas antagónicas en desorden y colisión que el voluntarioso Ashitaka debe empeñarse en conciliar-aunque para ello deba separalas incluso físicamente para evitar agarradas… y recibir patadas y malos modos de todas partes. Los mundos del bosque y la ciudad del hierro amenazan con destruirse mutuamente por la codicia y la falta de escrúpulos de Eboshi por un lado, y la furia ciega de San, sus hermanos de camada y otras fuerzas naturales desatadas (como los muy miyazakianos dioses-jabalí) por el otro. En el momento culminante de la historia y a falta de ents justicieros, San no duda en responder al desafío de Eboshi y en ayudar a las deidades porcinas en lo que Kipling llamaría “dejar entrar la selva” mientras que es el vapuleado Ashitaka, el libre de odio pero con los momentos contados a medida que su marca maldita lo deja seco, el encargado de padecer experiencias místicas y un renacimiento espiritual con el auténtico rey del bosque y señor de toda la vida, justo en el momento en el que una acorralada Eboshi pacta con el emperador y se dispone a cometer la blasfemia definitiva.


La carga de la jabalinada ligera-la forma más eficaz de hacer beicon

Lo más destacable de Mononoke, con tanta épica, áulica y mensaje ecologista, es la enorme sensación de frescura, encanto artesanal-incluso con los toquecitos computerizados, los filmes miyazakianso siempre lucen primorosos y tiernos como el pan de Cádiz, violencia y todo-y la sensación casi infantil de maravilla igualmente marca de fábrica. Nada como un poco de mitología japonesa y el toque personal del director para evitar lo que, en manos occidentales, hubiera acabado siendo un Pocahontas o Avatar del montón. En Mononoke nada es blanco o negro, nadie posee la verdad definitiva, hasta los dioses pueden convertirse en demonios malévolos si el odio les consume, un dios de la vida puede convertirse en un shinigami de la muerte, los marginados pueden valerse por sí mismos y las niñas no sólo no quieren ser princesas, ni tan siquiera desean ser humanas. Incluso el timidísimo conato de romance entre San y su admirador Ashitaka-si quieres evitar que una chica te rebane el pescuezo, échale un piropo-hace poco por convencionalizar a la indómita. En “Mononoke”, la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, lo divino y lo monstruoso, la bondad y la maldad o lo humano y animal es tan fina e inquietante como los kodama, los geniecillos con cabecita de sonaja que certifican el grado Muniellos de limpieza-habitabilidad de un bosque.
Todo un clásico.

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Si disfrutas como parvulillo en tienda de chuches con el inevitable Naruto de Kishimoto, si te pirra el ciclo pseudojaponés de las Leyendas de los Otori de Lian Hearn, o si tienes curiosidad acerca de cómo puede montarse West Side story con ninjas, Shinobi (2005), es tu película. O novela, dado que la historia proviene de una fantasía de los años 50-Los manuscritos ninja de Kouga, además de versionarse del mismo modo en el manga y el anime conocidos como Basilisk.. En el caso de la película que nos ocupa, quizás se necesite más introducción histórica de la que conozco y esto es lo que lo que saqué en limpio en el film: cuando Japón entró en el período de gobierno unificado bajo el shogunado de los Tokugawa y se dio por finalizada la época feudal pura y dura, tanto los samurais de nuestras entretelas como los misteriosos ninja comenzaron a quedar un tanto descolocaditos y demodés. Todo adicto a Naruto o aficionado a los Otori sabe que los ninja o shinobi viven apartados en “aldeas ocultas”, que dominan una serie de técnicas hipermega resultonas llamadas jutsus, que pasan de padres a hijos, y que, tanto en el mundo de Naruto como en el de esta película, si sus clanes se esfuerzan muy mucho en la selección natural pueden crear sus propias barreras de sangre-mutaciones propias, pa entendernos-con las técnicas oculares o doujutsus como pináculo de perfección y arma definitiva.

Los samurais de la película, soportando impasibles el ridículo delante del shogun y la amenaza del paro

En este mundo traidor, dos clanes shinobi rivales, los Kouga y los Iga, han estado enfrentados entre sí y apalancados en una paz forzosa durante 400 años. Como el amigo Chespir diría, de las entrañas de estas dos familias…. surgen nuestros desventurados amantes, Gennosuke y Oboro. Gennosuke es el nieto del vejete Danjo, líder de los Kouga, y Oboro nieta de Ogen, güelina de armas tomar y jefaza de los Iga.

Y sin chistar.

Ambos ancianos tremebundos han llegado a la edad de la jubilación sin haberse zurrado como Kami manda, de modo que saltan cual ardillas ninja cuando el shogun, tras una demostración en la que un shinobi escogido de cada clan deja fuera de combate a tropecientos extras que no las veían venir, declara nula la tregua centenaria entre las villas ocultas y ordena que Igas y Kougas elijan a sus cinco mejores shinobi para matarse entre ellos con toda tranquilidad. El clan ganador-superviviente decide quién será el heredero al shogunado.
Gennosuke y Oboro, como no podía ser menos, son elegidos los nuevos jefes de sus clanes respectivos y parte de los cinco elegidos para la ocasión, no sólo por ser nietos de sus abuelis, sino por el mardito poder ocular. Precisamente poco después de que hubieran decidido comprometerse en secreto. Snif.

Ay la niña de esos ojitos, la perdición del orgulloso clan Uchiha y el orígen de todos los males-especialmente lo pesadísimo que se ha puesto Sasuke- en Naruto. En esta historia, tanto monta monta tanto y otra vez lo mismo. Las demostraciones de lo que cada tórtolo puede hacer con sus respectivas super pupilas se dejan esperar, pero son impecablemente espectaculares, una buena muestra de lo peligrosos que los shinobi pueden llegar a ser para el nuevo orden de cosas que quiere imponer el shogunado. La ironía en cuanto a “lo que pueden hacer esos ojos” es aún más hiriente cuando descubrimos que Gennosuke (Jo Odagiri)además de un proto punk de pelucón ochentero es un pacifista con gesto de perrito de aguas abandonado en la carretera

y su Oboro, “no especialmente dotada en lucha y en espada”- lamenta su abuela-resulta otra que tal baila y toda suavidad y delicadeza (además de la versión japonesa de Olivia Williams). Como esconder bombas de neutrones en el osito Mimosín, las criaturitas.

los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él

Tan blanditos son los niños que incluso a decir verdad sus escenas de citas furtivas quedan un tanto forzadas-a excepción del prólogo que narra su primer encuentro, sugerente porque Gennosuke se queda mirando a la moza y activa el sharingan, o la variedad de pupila mágica que tenga.
En fin, que el momento no es favorable al hippismo. Los shinobi, tanto Montescos como Capuletos, tienen en la lucha la razón de su existencia y negocio. Gennosuke es lo suficientemente agudo como para comprender que el concurso-oposición “haga que los mejores shinobi de cada clan se maten unos a otros” del shogun tiene más cuento que Calleja, y pretende acudir a la capital para hablar con el funcionario Hatori Hanzo-interpretado por un actor clavadito a christoper Walken, como para haberse fiado- pero sus habilidades de persuasión no están a la altura de sus poderes oculares, y pronto está trotando por esos bosques con cuatro compañeros a cual más folklórico y dispuestos a enfrentarse a los cinco shinobi rivales al mando de Oboro. Y allá vamos, que esto no es un simple drama romántico sino una tragedia de acción, pataditsus y ninjas voladores. La colección de ejemplares que conforman cada equipo son dignos de un tebeo de la Patrulla X. Tenemos de todo como en botica, desde el primo de Osaka de Lobezno al sensor adivinatorio, al grimoso momio roba caras e incluso, en el equipo Iga a elementos como Yashamaru, un andrógino estiloso que…


Hace cosas raras y muy letales con sus mangas.

O a Tenzen, que lleva vivo unos 300 años usando el mismo truco que el Manji de la espada del inmortal, usa el mismo champú que Yashamaru y pintalabios morado.

O a la dulce Hotarubi, que utiliza polvos de pixie para dominar a las mariposas.

O a Kageru (equipo Kouga) que es tal cual la Hiedra Venenosa de Batman.

Con un reparto tan variopinto, las cuidadas coreografías marciales a un paso de los volatines del wu-xia chino, violencia estilizada-la justa-y el sentido tan japonés del paisaje y lo natural que en este caso se emplea a fondo a base de panorámicas épico-majestuosas, luz de luna irreal y dorados rojizos otoñales, el ritmo y la tensión de la historia no decaen ni un momento. Lo que se pierde por cosas de metraje en profundidad de los personajes-suponiendo que en el manga la tengan, que tengo que leerlo- se gana en, por así decirlo, intensidad poética, de modo que en lugar de una ópera, nos quedamos con un ballet ritualizado. Ayuda a ello que estemos a un pasito del manga original, no hay más que echar una ojeada al feeling animesco de combates y caracterizaciones de algunos shinobi algo pasados de rosca, que la troupe que acompaña a los enamorados se las trae. Con todo, la historia intenta tomarse lo suficientemente en serio a sí misma-dentro de lo que permite el lanzamiento de kunais, shuriken y los volatines a lo Circo del Sol-como para que su resolución sea redondita y cumplidora. Cortesía de Yukie Nakama-Oboro-candidata número uno al abrazo de grupo del año.

Lo mejor de Shinobi es, además, que ya puedo hacerme una idea de cómo se vería una versión en imágen real de Naruto, cuya única diferencia consiste en unos cientos de episodios más que la serie en la que se basa esta película y el aumento proporcional de presupuesto que exigirían unos cuantos sapos gigantes y jutsus de nivel bíblico. Solo imaginarse el chandal naranja del Naruto en carne mortal es para echarse a temblar, pero todavía más terrorífico es constatar que el mensaje de “Naruto” la serie y “Shinobi” es el mismo o tan parecido-cómo reciclar a clanes y poblados enteros educados desde la cuna para exterminarse en guerras periódicas y evitar ciclos de odio absurdo e inacabable- como para que la resolución que anda buscando Kishimoto, la batalla definitiva entre Naruto y Sasuke, no tenga todavía más connotaciones de “Romeo y Julieta”(con Naruto berreando a grandes voces “moriremos juntos, Sasukeee” ¿qué vamos a pensar?) de las que ya le dan las fan girls. Que sí, que ya sabemos todos que Sasuke es un tsundere y se está haciendo el difícil, pero diosa Kannon santa, que no le den más ideas al Kishimoto.

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Tenía que habérmelo olido y de hecho, me dejó a cuadros. Por mucho que en este caso se tratara de película, que no serie, estaba convencida de que este regalito póstumo del finado-en el sentido Walder Frey-canal Animax era la adaptación de un videojuego con mucho cazabombardero, zacapúns y booms, y como la última versión del Mazinger Z me había dejado bien servida de estruendos y alaridos, había dejado Sky Crawlers grabada y olvidada hasta ayer mismo. Cuando esperaba ver una versión japonesa de Top Gun y me encontré con la variante voladora de Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro.
Es lo que pasa por no leerse la información de las carátulas promocionales.
A lo que vamos-Sky Crawlers, el film-porque al parecer hay novelas, manga y sí, jueguecitos de la Wii-es una película estilizada-(animación de primera tanto en dos como en tres D salvo ocasionales “avionazos” que parecen más de la wii que de la cinta animada en sí), poética y contemplativa. Con mucha nube. Tan ritualizada como los elegantes e impecables ballets aéreos que adornan sus momentos cumbre, y tan alejada de la acción al uso como era de esperar al leer su pedigrí de autor y el cartel promocional-Venecia y Toronto? Arredro vayas!

Futuro indeterminado de un lugar indeterminado sospechosamente parecido al norte de las islas británicas. Yuichi Kanammi, nuestro intrépido as de ases protagónico, que consigue la casi imposible proeza de no cambiar de expresión en las dos horas siguientes, se une a un pequeño escuadrón de pilotos jovencísimos en la habitual base remota o Quinta Puñeta, sn. Al parecer, su misión es sustituir a Jinnrei, un piloto del que no se sabe si ha sido derribado, trasladado, o simplemente “desaparecido”, más que nada porque lo que impera en la base es el mutismo más absoluto y deliberado en todos los aspectos, desde el pasado de los pilotos, todos ellos quinceañeros, a las relaciones esporádicas con los civiles. Que haberlos, haylos, aunque dispersos . Poco a poco, si tenenos la paciencia de seguir el día a día de Kanammi y sus compas, descubrimos que la “guerra” en la que nuestros intrépidos pilotos arriesgan el pellejo no es entre naciones, sino entre dos compañías rivales. Que los combates se retransmiten en directo para entretenimiento del respetable-con visitas organizadas a la base de vez en cuando, y todo-que todos los combatientes son adolescentes eternos, destinados a no crecer jamás y a caer en combate lo antes posible-y la vaga sensación de que las acrobacias aéreas están condenadas a andar interminablemente igualadas, especialmente a causa de una figura terrorífica del equipo contrario, un “adulto” real y auténtico apodado el Profesor, que significa la muerte segura para el infeliz que se le ponga a tiro.

Y a vivir, que son dos días-literalmente-y la mitad nublados.

Hay una extraña conspiración de silencio-tanto entre los escasos civiles con quienes estos niños piloto-carne de cañón entran brevemente en contacto como entre los mismos pilotos juveniles, por ocultar lo obvio entre las bases inmutables de la rutina diaria, las “misiones” y los vuelos de reconocimiento. Los chicos no sólo están permanentemente estancados en la adolescencia. Tampoco tienen recuerdos definidos, y viven en un estado de o bien euforia permanente entre las nubes, o embrutecimiento concienzudo una vez en tierra-todos son fumadores compulsivos, agarrados a la birra como posesos, y si les da el picorcillo, abonados al farolillo rojo para ellos y chalecito apartado para ellas. Mayor desasosiego ocasiona al espectador descubrir el hecho de que en cuanto uno de los pilotillos cae, otro muy parecido y con los mismos patrones de conducta viene a ocupar su lugar. Pronto se nos hace entender la horrible verdad-los héroes del aire de esta película están fabricados en serie. Se trata de clones especiales, Kildred, literalmente, muñecos reciclables con desarrollo físico frenado y recuerdos alterados, de los que lo único que interesa son las memorias reflejo de sus habilidades específicas como pilotos, no boberías tales como crecimiento individual o instinto de supervivencia. Total, pa qué?

Lo cual, se deja caer sibilinamente, ha sido el caso de Kannami y su predecesor. Y explicaría las extrañas reacciones que provoca en su superior, Suito Kusanagi, veterana con ocho años de servicio y madre de una niña que pronto tendrá su misma edad, entre otras cosas. O el discreto deja vu que provoca en los civiles o en el resto de la base, sensación que todo el mundo ignora educadamente. Kusanagi rompe la cadena de personalidades fragmentadas e incompletas de los restantes chicos del escuadrón por el mero hecho de haber sobrevivido a su primera temporada…y a su segunda, y a su tercera…Casi ninguno de los “chicos” y “chicas” kildred tienen tiempo suficiente como para saber qué son, formarse recuerdos o una personalidad determinada antes de ser derribados y “renacer” de nuevo para empezar otra vez. La mayor parte, como el mismo Kanammi o la joven Mitsuya, que intenta desesperadamente crearse imágenes de infancia, vive como en un duermevela confuso. La pobre Kusanagi, apartada del servicio activo, está condenada a vivir en un bucle infinito como un insecto atrapado en ámbar o en una partitura de Michael Nyman. Incluso llega a citarse muy alegóricamente el mito de Sísifo versión de Camus, y una de sus proposiciones, el suicidio liberador.


“Hame dado en la nariz que esto ya lo he vivido antes”

Ante tanta desesperación existencial y tanta “pasión inútil”, nuestro héroe Kanammi vendría a representar otra opción de manual-“aunque el camino sea siempre el mismo, siempre se puede descubrir algo nuevo en él. ¿Es ese motivo suficiente para vivir… o no es suficiente?”
Tú dirás, chaval. Pero al menos, cambia de carita alguna vez.

Y en este moral dilema consiste toda la historia. Por supuesto, la explicación que se da a la función de la guerra de nunca acabar que deben llevar a cabo estos adolescentes eternos es tan deprimente como traída un poco por los pelos. Básicamente, están ahí para que la gente normal y corriente valore la paz? Siempre cabe achacar la pasividad de los kildred ante su destino de morralla a su desarrollo incompleto e interrumpido-están fabricadas así, las criaturas, llenas de ese fatalismo tan japonés de “esa es la misión vital” que deben cumplir. Pero la actitud de los adultos no clonados que deben cuidar de ellos o pululan cerca de la base es tan descconcertante como inexplicada. Por los ocho años de hoja de servicio de la pobre Kusanagi sabemos que el experimento kildred no viene tan de largo como para que el trajín de críos piloto siempre idénticos a sí mismos se acepte como algo natural que siempre estuvo ahí o como algo tan conveniente que, al igual que en el caso de la espeluznante Nunca me abandones de Ishiguro, se oculte bajo excusas de todo tipo. Quizás lo importante del relato sea lo alegórico en fino y no lo social, porque ¿A quién no le ha dado alguna vez en su mísera existencia la impresión de ser una pieza recambiable en el sistema?

Yuyu!!!-pero qué yuyu!!!

Pero de ahí a tener que esperar a la escena extra tras los créditos para que se atisbe la posibilidad de algún ligerísimo cambio en la rutina del purgatorio marcial……

En fin, que al menos como aficionada a los perros, siempre me quedará el consuelo de haber presenciado el retrato más verídico y estremecedor de un Basset Hound jamás visto en un fim de animación, de las poses al ladrido, en la mascota de la base.
Nadie puede engañar la napia de un sabueso basset-y me da en la ídem que el animalito está ahí desde el inicio del experimento y se conoce todos los modelos y prototipos de aviones … y de pilotos.
Gwuof!!!

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