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Archive for the ‘Los Clásicos’ Category

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¡Podeer de la vara!!

Debería estar disculpándome  por  la efectivamente lamentable situación de este blog, o-incluso ya puestos, estar celebrando el primer aniversario del  culebrónico y jolgorioso post- final de Naruto , evento este que ha cumplido todo lo que prometía…y más. O comentar mís últimos despotriques acerca de la casi inminente y  scarlett johansónica adaptación de Ghost in the Shell. Cuando estaba haciendo oposiciones para llegar a entender el original. Sob.

Pero antes de ponerme a ello, permítaseme regocijarme con una joyita añeja y recién re-puesta en circulación. Una de  Akira Kurosawa aparentemente “ligera” y que  todo el mundo rejura por sus muertos que es un antecedente directo……de  Star wars.  Comenzando por el mismísimo y devoto Lucas, que él sabrá lo  que se hizo y le inspiró.

Galaxias muy, muy lejanas aparte, ¿Puede una película de 1958, en blanco y negro, ritmo japonés  y subtítulos inevitables presentar mayores alicientes que   traer director ilustre y ser material  de cine club?

Así de pronto, unos cuantos-el primero el obvio.

Tahei y Matashichi.

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Como locos a por el oro

Difícilmente se puede ser más grotesco, cobarde, avaricioso, quejica, lujurioso y vago que este par de paletos, que parecen salidos tal cual de una película española  de la más negra posguerra. Pues este par de alhajas-y su afán por  salvar el pellejo en un mundo feudal en caos perpétuo- en el que representan el  puritito arquetipo de carne de cañón, son el hilo conductor de la historia que nos ocupa. Matrimonio de hecho a las duras y a las maduras-por más que se pasen el metraje peleando entre ellos-  su especial don para meter la pataza en los momentos más tensos y el hecho de que Kurosawa haya elegido las gracias y desgracias de un par de pringados del Shogunado como arranque  del asunto  viene que ni pintado tanto como excusa para la aventura pura y dura-nada de la lasitud de aldea de los siete samuráis-como para la denuncia, que no idealización, del desvalimiento total de la peonada en las interminables guerras entre clanes militares. La cara perpetua  de “pa habernos matao” de este par de gañanes no tiene, en el fondo, ninguna gracia pero mucha ironía cuando,  ya en las primeras escenas escapan al hambre, a  samuráis salidos de sable, a trabajos forzados en busca del oro del clan enemigo por que sí, a  rebeliones populares filmadas en kurosawianos y majestuosos movimientos de masas……y finalmente van a caer en al peor peligro de todos-una princesa en apuros y un general implacable.

Antecedentes de C3po y su R2-“Todo esto es por tu cupa” , un par de Laurel y Hardy feudales  o la versión japonesa de Pajares y Esteso, desde el momento en el que los siempre pringados y arrastrados palurdos encuentra por casualidad el dichoso oro camuflado en leña- y acaban envueltos en asuntos de estado….. más vale que el respetable no  espere que acaben convertidos en héroes a su pesar.  Que más cornás da el hambre y de perdidos al río. Al menos, sabemos que en el fondo no pueden vivir el uno sin el otro.

LAS PRINCESAS DE VERDAD LLEVAN SHORTS

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Hablan a berrido limpio y disfrutan más dando zurriagazos  que José Mota repartiendo justicia con la vara. Yuki , heredera adolescente del clan  Akizuki y educada como un varoncito, ha perdido su reino, su familia, a su mejor amiga y sus damas de honor.  De ahí el estado…susceptible de la criatura, que tiene el deber de restaurar todo una dinastía sobre sus-ahem-frágiles hombros.  Sus icónicos pantaloncitos son-espero y supongo-un desesperado intento de mostrar su ánimo de zagalillo , del mismo modo que, para alivio de nuestros oídos, durante la mayor parte de sus viajes y odiseas se le obligue a pasar por muda para disimular su patrón de habla. Pero hay más en los pantaloncitos y los problemas de actitud de la moza  de lo que parece. Con este uniforme de combate, la vara al ristre, piernas abiertas en gesto marcial y sus ansias justicieras, Yuki Hime es antecesora directa no solo de la princesa Leia–(a fin de cuentas la trama del film consiste en contrabandear y poner a salvo tanto a la princesita como a su oro camuflado en haces de leña en un lugar seguro, ya que el clan vencedor ha puesto precio a su cabeza) sino de la estética juvenil de  heroína manga arquetípica  que estaba por venir. hai!

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De aquí a Mononoke, un paso.  chá!

Lo cierto es que a nuestra particular Blancanieves no le falta, a pesar de su vocecita de afilador, su particular viaje interno aprovechando una trama en constante movimiento. Yuki  se rebela ante el código Bushido que ha obligado a una de sus damas de compañía a actuar como buena samurái y morir en su lugar sin merecer mayor tributo del aún más  samurái hermano de la difunta y guardaespaldas devotísimo de Yuki que un lacónico “ha sido útil”.  “Su vida valía tanto como la mía” , gruñe la princesita, y a partir de entonces la nena se dedica a lanzar bombas anacrónicas  contra el sistema de un modo tal que no es de extrañar que sus mayores le hagan pasar por el “calladita está más mona”  y  le impongan mudez por su seguridad. Lo cual no impide a la niña usar su vara de modo igualmente efectivo y simbólico-incluso  arriesgando el anonimato de su  peligrosa escapada para rescatar a una pobrecilla campesina de su edad vendida como “alivio” tabernario.

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Ni se te ocurra, QUE TE VEO VENIR

Manejo de vara aparte, lo que la fuga sin pausa de la princesita rebelde le aporta es una nueva comprensión tanto de las miserias y alegrías del populacho como de la realización búdica de la fugacidad de la existencia. Al mismo tiempo que se desprende de sus últimos resabios de egotismo y petulancia adolescentes, y  al paso de  la adultez  esta nueva comprensión le permite  decidir que en el fondo, se lo ha pasado bomba en  su odisea .   La princesita rebelde recibe una lección fundamental.

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¡ QUE NOS QUITEN LO BAILAO!

Y dejando a nuestra princesa cantando sutras con su recién encontrada serenidad y sabiduría ,conviertiendo a villanos  aún a las puestas de un posible destino fatal, pasamos al tercer pilar de la función y la lección definitiva del visionado de esta película.

NO TOQUEN LOS YOJIMBOS A TOSHIRO MIFUNE

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Hombre, todo hay que decirlo. Esto no es el Trono de la sangre. Lo cual no quiere decir que al grandísimo Mifune, ceja poblada y barba militar al frente en el papel del atareado general Rokurōta no tenga ocasiones más que sobradas para demostrar su poderío- Literalmente. Le basta al amigo toshi con plantarse con todo el descaro delante de una hoguera delante de los pobrecitos Tahei y Matashichi con el ceño fruncido para tenerlos arratrándose cual gusanos a su merced. Lo cual no sería mayor mérito. tratándose de esos dos, si no fuera por los abundantes momentos “Qué tío” que Kurosawa otorga a su actor fetiche. Especialmente el extraordinario combate a lanza con un generalote rival delante de todo un respetuosamente atemorizado batallón, entre otras fazañas.

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yiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

 

Por no hablar de espectaculares cabalgadas con descabechamiento de soldadesca enemiga, cargas suicidas contera el enemigo acarreando doncellitas desvalidas como muñecas de trapo. trucos mentales casi ninja  para confundir al enemigo y, en fin, todo un repertorio que con otro actor de menor presencia haría del general nanny  un héroe demasiado de una pieza. Si no fuera porque estamos hablando de Toshiro Mifune, que puede con cualquier cosa en su rango actoral. Incluso hacer, según opinión del respetable, de Obi Wan  y Han Solo al mismo tiempo, aguantar el tipo y ser votado como candidato  ideal como ayuda ante una hipotética invasión zombie. Chúpate esa, Daryl Dixon.

 

¿Qué nos queda pora finalizar? El toque del maestro, su genialidad en la panorámica, extras a patadas,  y el  desesperado patetismo de personajes tan conmovedores como la esclavilla liberada que compensa la generosidad de Yukie pegándose a ella protegiéndola de un destino parecido al suyo…….en una de las escenas más divertidas de la película porque incluye a ya imaginamos quiénes.

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Leñe!

 

Que el mundo de la fortaleza escondida está en disolución, pero en un estado de caos no tan devastador como el de Ran.   Todavía es posible la esperanza y los buenos sentimentos. dentro de lo que cabe, ser épico aventurero sin deprimirse  en negrura shakesperiana. Quizás este optimismo haya sido tomado por intrascendencia, pero Yuki bailando en el festival del fuego puede ser tan imborrable como el general Washizu del Trono de la Sangre convertido en un erizo humano….en más sentidos que el literal.

 

Una autentica gozada

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El gañán y el zagal-esto solo podía terminar al kurosawiko modo

De entre todas las obras del padre y maestro del manga Osamu Tezuka, Fénix (Hi No Tori) es la más ambiciosa y enciclopédica- Tan enciclopédicamente cara en su edición de Planeta, por cierto, que he decidido centrarme en adoración algunos de sus (muchos) tomos, particularmente el séptimo y octavo, titulados muy ad hoc Caos.
Si, por intentar resumirlo de alguna manera,la saga Fénix es el intento del maestro por resumir su particular visión del ansia humana por la vida a cualquier precio, encontrar el sentido de la existencia y el afán por la inmortalidad. Encarnados todos ellos en el vistoso, misterioso y esquivo pájaro de fuego capaz de renacer de sus cenizas y pamplinas metafóricas-¿o no? correspondientes, los tomos séptimo y octavo de la saga tiene dos particularidades-para la colección en sí, está el detalle tragicómico de que el pajarraco de marras sólo aparezca en sentido metafórico a lo largo de toda la narración. La otra particularidad se encuentra el asombroso temple del maestro Tezuka para atreverse con un clásico fundacional de la cultura japonesa, el cantar de Heike…. y ponerlo de vuelta y media.

Hacen falta redaños- Sólo Tezuka podía tomar la espada que destruyó al crisantemo, los clanes samuráis que acabaron con el suntuoso mundo del que hablé tiempo atrás con ocasión de las desventuras amorosas del resplandeciente príncipe Genji, el de doña Murasaki….y tirarla al cubo de la basura. Sin contemplaciones. Ni bushidos ni Mishimas que valgan. A la porra, exclama nuestro autor, suficientemente escaldado de honor guerrero-ya lo vimos en Dororo, por la historia japonesa del siglo XX .

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La trama comienza cuando la fatalidad, en forma de brillante bagatela, se cruza en el camino de dos inocentones montañeses, el fornido Benta y la bella Obu. Benta solo desea una existencia apacible de leñador, pero su hermana adoptiva y novia en potencia tiene más ambiciones, y sin comerlo ni beberlo, el destino interviene del modo acostumbrado en las clases ínfimas. La peineta enjoyada que Benta regaló a su churri acaba con la destrucción de su mundo y con Obu convertida en cortesana adoptada, por esta carita que kami le ha dado, como concubina del hombre más poderoso del imperio-Tarira Kiyomori. El hombre que ha llevado a su clan a dominar el país desde los brezos de la Braña.com al ordeno y mando con mano firme.

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Y son muchos Tairas. El orgullo del clan samurai les ha llevado incluso a la jugada de las jugadas-ya vista en el cantar Genji con los Fujiwaras-colar a las hijas en el lecho del emperador, y bingo. Nieto purpurado para rematar faena.
El-a pesar de todo- rudo, montañés y carismático Kiyomori ve que la edad y la enfermedad están aflojando y acelerando el desmoronamiento del clan que él mismo ha levantado, y en el momento de su mayor orgullo. Su único consuelo es Obu, rebautizada Fukiko, en grotesco pero tierno acercamiento de almas montañesas….y el deseo de perpetuarse bebiendo la sangre fresca de un pájaro mítico; y en ello gasta sangre y esfuerzos. y más sangre.

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Mientras Obu acaba asimilada por los Taira, el pobre Benta, buscándola incesantemente con tenacidad osuna se convierte directamente….en la inspiración para una figura legendaria del folklore japonés, el fiel Benkei, cortesía de un monje revenrendísimo e histórico con retranca…que con más retranca aún Tezuka retrata como a un mangaka, sin que sus esfuerzos den mayores resultados hasta que, siguiendo a unos huerfanitos de guerra, la tragedia le lleve directamente a las garritas infantiles de un líder natural, un rapazuelo asilvestrado llamado Ushiwaka

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La fibra, la rabia y el cerebro frente a la inocencia, bondad,  y fuerza bruta de Benta. Sospechosamente culpables ay, de dar una buena somanta al gigante bonachón y lo que es peor, de tenerlo bajo su control como un buey amaestrado. Que es, ni más ni menos, lo que el avispado Ushiwaka considera a Benta en el momento en que le echa el ojo por un motivo fundamental-el chaval es un samurái. A ojos de Tezuka, un cachorrito de lobo. Y no un samurái cualquiera, sino un Minamoto, el clan al que los Taira arrojaron del poder con el baño de sangre correspondiente. Y no un Minamoto cualquiera, sino uno de los hijos del por supuesto escabechinado líder del clan-y no solo uno de los bastantes hijos, sino un héroe histórico legendario del cantar de Heike- Yoshitsune.

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Minamoto no yoshitsune es, todo hay que decirlo, una de las figuras más carismáticas del cantar….precisamente por todo aquello que para Tezuka lo hace un terror desde chavalín. Su mezcla de imprevisibilidad, arranques tácticos y completa implacabilidad son el ejemplo más acabado de la casta guerrera a la que pertenece. La naturalidad y sangre fría con la que un simple criajo domestica, literalmente, al fornido Benta para convertirle en su fiel seguidor, caiga lo que caiga, siendo el pobre Benta de natural dulzón cual leche merengada, es el anuncio de la pesadilla que está por venir. Las guerras Gempei….y cómo el clan Minamoto se cobró minuciosamente su venganza no dejando varón Taira con vida en una de las campañas de exterminio menos disimuladamente disfrazadas de gesta épica que puedan encontrarse. Es decir….. nuestro Yoshi queda muy bien en cantares de gestas, kabukis varios, larguísimos taiga dorama-dramas de época- con bishonen al uso de protas, pero para los sencillos campesinos, para los mismos soldados de a pie, para el bendito Benta, y para Tezuka, el héroe es una condena ambulante y recurrente. Yoshi pierde la-poca-humanidad-que su entrenamiento guerrero le había dejado a medida que sus victorias le acercan a su obsesión. Ganar a cualquier precio. El Yoshi que crece y cumple su destino natural ha olvidado cualquier atisbo de empatía con cualquier ser que no le sea de utilidad.Y, cada vez que Benta intenta llevar una vida normal, ahí está él para llevárselo de carnaza.

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Lo cual nos lleva a la ilusa, pero dedicada Obu, ahora Fukiko, igualmente tan identificada con los oropeles de los Tairas como con el pobre Kiyomori, empeñado en alcanzar la vida eterna de la sangre del fénix-que en esta historia es, simplemente, un pájaro exótico vendido de cambiazo gato por liebre, con los resultados esperables. Resultados que alcanzan al resto de personajes de ambos bandos, todos a la caza y captura de un ente falso. Lo cual nos lleva, repito, a Obu y al destino natural de tanta insensatez-el pasaje que más me ha hecho lloriquear desde que eché un vistazo al cantar 2009, o como ese preciado nieto que el viejo Taira habían finalmente colocado en el trono, el niño emperador Antoku, aún en brazos de su abuela, junto a todas las damas de la corte errante….se “convirtió en un dragón de mar” al ver la batalla final perdida.

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Tezuka no necesitó más sutileza que la carrera por un fénix de pega para mostrar tanto el absurdo de las luchas por el poder como la propia vanidad de nuestras locuras personales-y aún así dio con la manera de superarse a sí mismo. Entre sus guiños anacronísticos-algunos geniales, como llamadas telefónicas (!) dignas de Gila y su descripción de atrocidades que su estilo voluntariamente disneyano ayudan a tragar, nunca olvida sus facultades para la acción en viñeta, que estaban en su apogeo. Así trata la última carga de la legendaria-y embarazada- samurái Tomoe Gozen en ayuda de su señor marido.

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Asombroso.

Y así llegamos al ajuste de cuentas con tanta heroicidad y marcial despropósito . La figura épica y trágica de Yoshitsune tuvo el destino inevitable del cachorro de lobo criado entre otros lobos. Su propio hermano fue incapaz de perdonarle la capacidad de hacerle sombra, y es acierto de nuestro autor pintar el genuino desconcierto de nuestro terror ambulante-villano de la función pero no de una pieza. El maestro Tezuka decide, a pesar de todo, tomarse el asunto por su mano y utiliza a Benta para dar, finalmente, voz a los pobres herbívoros pisoteados durante milenios por generaciones de alimañas armadas. El grito desesperado de la pobre novieta Hinoe, tantas batallas forzosas antes, “no quiero, no quiero” encuentra al fin su eco en nuestro entrañable tarugo de montaña, que pasa al fin de manso a Miura y uno se queda pensando-vale ¿ A qué fin, tanto desatino, y qué derecho tiene unos pocos miles gloriosus a jugar con la vida de tantos…. miles de personas?. pero al menos, que quede una bien a gusto. Especialmente considerando que, así por las buenas, Japón iniciaba el largo camino al shogunado.

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De principio a fin, dos mundos condenados a no entenderse. El parecido con el feudalismo del siglo XII europeo no es pura coincidencia. La bondad natural y el orgullo guerrero son mala mezcla, y el maestro Tezuka nos da otra lección inolvidable-lo del fiel Sancho Panza queda muy bien de arquetipo y los samuráis en películas de Kurosawa, pero ya lo advirtió Lion Feuchtwanger en la Judía de Toledo-¿Se rió cervantes de la caballería lo suficientemente fuerte?

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Resulta por demás curioso el hecho de que, sin ser precisamente alérgica a la estética y la gestualidad del cine mudo-(y no soy la única, a juzgar por la acogida crítica a The artist, sea sólo por lo exótico de la propuesta en tiempos infográficos) las únicas imágenes almacenadas en mi memoria sobre Metrópolis , la obra cumbre silente de Fritz Lang, estén incluidas en un videoclip de Queen.
Pero ahí está la gracia- el no ser capaz de separar el nacimiento de la criatura robótica de los compases del “Love Kills” y la voz del nunca bastante llorado Freddie Mercury no es sino un ejemplo más del surrealista y extraordinario destino de esta distopía de los locos 20. Y no me refiero sólo a los múltiples intentos de restauración o recuperación del metraje original, o que unos de sus reestrenos tuviera una banda sonora ochentera, sino que la sola visión del fotograma geométricamente impactante de la creación de la mujer artificial fuera capaz de inspirar al Dios Padre del manga Osamu Tezuka para crear su propia historieta….y el que, al filo del siglo XXI, se contara con el guión del mismísimo Katsuhiro Otomo para adaptar el tebeo tezukiano enlazándolo en lo posible con el original germano y convertirla, de nuevo, en largometraje, esta vez animado.

No hay más que echar el ojo a este Metropolis versión anime para apreciar la labor de homenaje-declaración de amor a los originales en todos los sentidos. No en vano se puso al mando del proyecto otro animador clásico, Rintaro, el papá del capitán Harlock, veterano que había cambiado los dientes de leche artísticos como miembro del estudio de Tezuka – en la versión televisada de Astro boy, nada menos. El respeto escrupuloso al tierno y redondeado estilo Tezuka, tan inspirado por el Fleisher de Popeye y la Betty Boop, o el Disney de las Sinfonías tontas-y que tanto puede chocar con los gustos del paisanaje actual-salta a la vista en cuanto nuestros personajes comienzan a compartir plano.

Una monada demodé-que combina a la perfección, en líneas generales, con el aspecto retrofuturista que se pretende reproducir en el film, un homenaje art decó a los imponentes decorados del film mudo original y al urbanismo desaforado de los años de entreguerras, con Nueva York como referencia y la música de jazz como fondo musical constante. No en vano es la megalópolis del título la auténtica protagonista de la función. Su centro geográfico y logro supremo-sacado estilísticamente de Lang-es el zigurat, edificio colosal y metáfora desarrollada a lo largo de la historia que se nos cuenta- la Torre de Babel, el edificio del orgullo desmedido, el símbolo del futuro inmediato que aguardaba a una población industrializada, alienante y materialmente engullida por las super-ciudades.Y aquí es donde se aprecia la manita guionística de don Katsuhiro Otomo, el creador de otra Babilonia desquiciada y caníbal como fue la Neo-Tokio de su ” Akira”. A Otomo se le nota en su salsa, porque cualquier delirio urbanístico imaginado tras el pepinazo de la Primera Guerra Mundial era ya más que una realidad atiborrada en los años 80, cuando al batiburrillo rebosante se le había añadido, además, la posibilidad del desastre nuclear para animar todavía más el cotarro. Eso sí, por lo menos el leviatán que es Metropolis resulta tan espectacular como sólo podía serlo el futuro imaginado en los años 20 y 30.

Los desbarres modernistas de Metropolis…o al menos, la parte más brillante y reluciente

Metropolis, versión Rintaro-Otomo es una plutocracia donde tras las autoridades políticas y militares se esconde la figura del poder en la sombra o magnate mangante, Duke Red, un personaje que ya Tezuka caricaturizaba como mezcla de cacatúa y ave de presa y que controla los destinos de la ciudad a golpe de propaganda, derroches arquitectónicos y una especie de juventudes parafascistas-hitlerianas, los Marduks, que financia “extraoficialmente” y están encargados de mantener el orden-apartheid entre los distintos niveles de la ciudad. Comienza la acción cuando las fuerzas vivas de Metrópolis celebran en total estilo Hollywood la inauguración del ya mencionado Zigurat entre el publicitado regocijo popular, fuegos de artificio y mucha consigna enaltecedora. Los rumores de descontento entre las clases inferiores y los problemas que está ocasionando la preeminencia de la mano de obra robotizada tampoco disimulan que las subsodichas fuerzas rectoras no son más que un grupo de chacales en alianza precaria y más que dispuestos a despedazarse entre ellos a la menor oportunidad.

Los fastos y tracas celebratorias del estreno mundial del Zigurat-nada mejor que un festival de fuegos artificiales para darse puñaladas traperas con discreción

Rock quiere un papi, Duke Red sólo quiere un sicario-el drama está servido

El cacique Red parace confromarse-por el momento-con ser la fuerza detrás del trono-posiblemente, porque el trono real y auténtico está camuflado en el nuevo edificio-Zigurat, y Red ya tiene en mente quién, o qué- está destinado a ocuparlo-(y no se trata precisamente de su mismísima persona), aunque para ello tenga que contar con la colaboración del doctor loco de guardia, o de las iras adolescentes y fanáticas de Rock, niñato que lidera sus fuerzas de choque y se considera su hijo-lo quiera el Jefe o no. Tezuka no tenía problemas en emplear personajes recurrentes en diferentes historias y circunstacias para poblar sus mangas juveniles. A Rock, sus aires macarras, falta de escrúpulos e inseparables gafas de sol, Tezuka terminó por convertirlo en el antagonista-rival por excelencia del héroe idealista de sus historietas. En Metrópolis, Rock es un fanático de gatillo fácil, humano supremacista que aborrece a los robots y vive obsesionado por el reconocimiento “paterno” de su líder, que lo recogió cuando era un huerfanito de guerra. Los tornillos-con perdón- que va perdiendo por el camino en esta película tienen un orígen muy sentimental-celucos, y una causa de peso-su idolatrado Líder está haciéndose construir en secreto al ser último, el superhumano definitivo destinado a ocupar el trono… un robot de última generación fabricado a imagen de su hijita perdida. Lo de ser suplantado en el aprecio “paterno” por un muñeco es algo que a Rock le despierta todos los instintos asesinos, mientras que al doctor loco Laughton al que Red ha encargado construir al ser definitivo le siguen la pista desde Japón y con orden de arresto internacional por tráfico de órganos dos héroes habituales tekuzianos, el detective bigotudo Sunshaku ban , el aparentemente despistado pero siempre perseverante puño de la ley….y su sobrino Kenichi.

Los inocentes en el extranjero-Kenichi, su tío, y Pero, el robot guía-sabueso

A Kenichi Shikishima, el primer héroe juvenil recurrente diseñado por el entonces estudiante Tezuka, y al éxito que tuvo su primera aventura, La nueva Isla del tesoro, casi podríamos decir que le debemos el despegue del manga tal y como lo conocemos. Ahí es nada. (También le debemos, ya más crecido, en la versión Tezuka del Mundo perdido y gracias a la aplicación en plan Mogambo de la censura de entonces, uno de los diálogos más descacharrantes de la historia del manga, pero esa es otra historia). Kenichi fue el Tintín-boy scout modelo para la infancia japonesa de la postguerra y en este versión de Metrópolis, representa ante todo,el candor infantil y los buenos modales. Mientras las clases altas desprecian a la mano de obra robótica y el proletariado la aborrece debido a las leyes de mercado y la competencia por ser mano de obra barata, lo primero que Kenichi hace al conocer al ayudante robótico asignado a su tío es tenderle educadamente la mano y considerar su número de identificación lo suficientemente significativo como para memorizarlo enterito, ante el asombro del interesado. Kenichi y el tío Shunshaku nos servirán de ojos para desentrañar el intrincado funcionamiento de Metróplis y lo que se esconde detrás de su brillante niquelado-desde los suburbios de la Zona 1, donde se apiñan los desesperados, indeseables y revolucionarios de diverso pelaje, hasta-bloqueados tras pases y control riguroso- los lugares subterráneos donde sólo un robot puede aguantar la jornada laboral completa. En el Nivel 1, en un laboratorio a lo James Whale camuflado, el destino interviene para que, de forma algo precipitada y caótica, la criatura superpoderosa que el Doctor Laughton abra los ojitos muy fritzlangianamente.


Y toma candela, Elsa Lanchester!

De casualidad tan afortunada que lo primero que ven esos ojitos es a Kenichi, que se ha separado accidentalmente de su tío mientras el laboratorio secreto estalla en pedazos. La criatura es una querubínica niña rubia llamada Tima que durante la primera parte de su metraje, seguirá e imitará a Kenichi tan dócilmente como un polluelo a su mamá pato. Mientras Tima intenta asimilar conceptos tan peliagudos como identidad, lenguaje, adaptación al entorno y relaciones personales, es la misión del devoto Kenichi ocuparse de su nueva amiguita con la mayor naturalidad del mundo mientras la criatura mecánica se “actualiza” periódicamente de modo discreto. Algo tremendamente complicado cuando Rock y sus marduks están empeñados en darle caza incansablemente, los proles de Metroóolis preparan su revuelta y tanto Duke Red como sus rivales en la cúpula de mando se aprestan a utilizar el creciente sentimiento anti-robot para sus propios fines. Mayormente, acabar unos con otros.


Tima “quién soy yo” aprende a velocidad de vértigo, pero conseguir una personalidad va ser más duro de lo que parece

Para no llamar a engaño, este versión de metrópolis no insiste demasiado en la épica política o el drama social-con robots y todo. Lo que se hereda de Tezuka es el gusto por la aventura fantacientífica, la parábola tierna a lo Eduardo Manostijeras y la quincuagésima vuelta de tuerca de la historia de Astroboy, en este caso, Pinocha, la niña que creía ser de verdad. Y en este punto coincide con el guionista Otomo (seguidor incluso antes de su Akira de las advertencias del propio Osamu Tezuka acerca de la intolerancia, la degradación del ser humano y el peligro del avance científico sin freno-) en la descripción del acoso implacable y el acorralamiento de un desvalido superpoderoso, la capacidad deshumanizadora de las megalópolis y en mostrar cómo la ambición, el militarismo o la corrupción política y el desarrollo técnico ilimitados se arriesgan a jugar con fuerzas que no pueden acabar de controlar o comprender…como ocurre con el experimento número 28, Akira, o la seráfica Tima, el ser perfecto, para encabezarse derechitos a la catástrofe. O dada la importancia que se da en Metrópolis a la metáfora de la torre de Babel, al castigo divino a tanta soberbia. No hay nada con lo que Otomo disfrute más que con un tantico de fuego purificador. La misma imágen alegórica de Tima “actualizando programa” recargando las pilas y transfigurándose al sol entre palomos virtuales y paseantes extasiados es tal mismo tiempo tan desasosegante como esperanzadora. Tima es un enviado-pero ¿de qué?

Angelitos al cielo. Mucho rayo de sol, pero esto no es una película de Marisol.

Lo más destacable de esta Metrópolis del 2001 se encuentra en los detalles que a primera vista puedan parecer más chocantes- desde la cuidadosa conservación del diseño de personajes a lo Tezuka al swing jazzístico como acompañamiento musical machacante (Tima va siempre acompañada de un pequeño transistor rojo como ventana al mundo) que llega incluso a combinarse con los ruidos ambiente en la delirante escena que incluye a un equipo de robots de emergencia apagando el incendio del laboratorio no tan secreto- chifladura que parece salida de los payasos de Dumbo. O la obsesión con los decorados opresivos-la ciudad lo envuelve todo enanizando y ahogando a la población amontonada de un modo tan opresivo que los tugurios de la zona 1, por ejemplo, apenas reciben ya la luz del sol. La imponente mole de rascacielos que incluye la sombra amenazante del nuevo Zigurat lo invade todo y los árboles no dejan ver el bosque . El brillo plateado y dorado de la zona alta cambia a terrosidases chillonas cuando se desciende de niveles, hasta llegar al Hades del nivel 3. La saturación de los diferentes tipos de laboratorios-el modelo ARTESANAL del doctor Laughton, las torres de control a la última del zigurat, y el delirio cyber punk total de su sala del trono, donde tiene lugar la apoteosis final a lo Otomo que todos esperábamos-¿Que fan de Akira no sufre una horrenda sensación de deja vu viendo a Tima cumplir con su destino, recordando la célebre viñeta de Akira entronizado y vestidito de niño emperador-marioneta de Neo Tokio, o recuerda la pesadilla nueva carne en la que termina asfixiado el anihéroe Tesuo Shima?



Agobio. Mucho agobio.

“Lo que intenté expresar en mis obras se puede resumir en el siguiente mensaje: amad a todas las criaturas, amad a todo ser vivo!”-Dijo Osamu Tezuka. Al homenaje que se le dedica en Metropolis se le perdonan sus ocasionales lapsus de caida en el barullo o sus líneas argumentales para las que no se encuentra tiempo suficiente gracias a la aplicación primorosa de las máximas del maestro. Nadie que haya visto Metropolis podrá evitar el asociarla para siempre con el “I cant stop loving you” de Ray Charles. Todo por haber comprendido junto a kenichi el significado literal de quedarse con el corazón en un puño.

Those happy hours that we once knew
Tho’ long ago, they still make me blue
They say that time heals a broken heart
But time has stood still since we’ve been apart

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Baoyu y Daiyu, creciendo juntitos en Sueño en el Pabellón Rojo

Por efecto de los bochornos y migrañas caniculares, y a fin de demostrar mi existencia incorpórea, espero que se me permita ponerme clasicona y recomendar el par de tochos y tomos monolíticos que me han tenido ocupada todo el verano. Uno es japonés, el otro chino, ambos son monumentos adorados de sus respectivas literaturas y tiene más en común, a pesar de los más de setecientos años que se llevan el uno del otro, de lo que-por esto del choque cultural- me había dado cuenta en una primera lectura. Se trata de La novela de Genji (siglo XI) de la dama Murasaki Shikibu, y Sueño en el pabellón rojo, obra del erudito Cao Xueqin (siglo XVIII). Su punto de contacto es la descripción de un más que cerrado, opresivo y claustrofóbico mundo de mujeres, enjauladas como jilguerillos cantores en pagodas de oro…y del impacto que causan en unos muy excéntricos y sensibles protagonistas masculinos empeñados en su asalto: Hikaru Genji, el Príncipe Resplandeciente y Jia Baoyu, el Jade Precioso de un poderoso clan de mandarines.

Se me preguntará qué puede tener de entretenido soportar un total de cuatro tomazos, a dos por título, de los de llevar en carretilla o al menos utilizables para echar bíceps en manejos gimnásticos. Mi respuesta: precisamente lo regocijante del choque cultural. Obras tan separadas en espacio y tiempo de una lectora occidental más o menos contemporánea, aunque tecnófoba, acaban convirtiendo la aproximación a estos clásicos un buen ejercicio de turismo literario….por no decir inmersión en plancha en el género fantástico. Así de marcianas se nos aparecen las sociedades que parieron estas novelas. ¿La ventaja extra?-aunque parezca mentira, toparse con una literatura que es, nada más y nada menos, y por muy herético que suene, el antepasado centenario del género shojo.-es decir, “un millón de lágrimas”

La novela de Genji, por orden de rigurosa antigüedad, ha conseguido cuidadísimas ediciones españolas a cargo de Destino y Austral o Círculo de lectores, por ejemplo, que recogen la titánica reconstrucción de Xavier Roca-Ferrer, macerada a partir de un buen montón de traducciones directas europeas de la obra-lo que permite ganar en inmediatez del tono y lenguaje lo que se pierde en arqueologismos literarios. El Genji es toda una rareza. Escrito, según todos los datos, por una mujer de la corte imperial apodada “la señora Murasaki”, durante la época en la cual por los andurriales europeos estábamos como estábamos-insertemos cualquier gag de los Monty Python en los caballeros de la mesa Cuadrada para hacernos a la idea- el Genji describe un mundo cortesano tan increíblemente snob, culto y refinado que en Europa sólo tuvo su igual, probablemente, en la Francia del del Rey Sol, cuando reputaciones enteras reposaban en un bon mot lanzado en el momento oportuno entre encajes y pelucones.
El de Doña Murasaki es un Japón arcaico, un mundo-tal que la Francia pre-revolucionaria- condenado a la desaparición. Una pequeña burbuja freixenet de exquisitez palaciega y urbana localizada en Heian-Kyo, o Kyoto, capital imperial, rodeada de una sociedad rural y guerrera que terminaría engullendo la edad de oro en la que vivió la autora para terminar en el cambio de capitalidad, el shogunado, la épica guerrera y el Japón más arquetípico de gheisas, samuráis y demás panoplias de película de Kurosawa.
Y no hay nada menos aguerrido y samurái que un cortesano “fashion”, perfumado, danzarín músico y poeta de esta época. Con el protagonista de la novela que nos ocupa, el príncipe Genji como muestra definitiva.


Cómete tu corazón, Edward Cullen-el resplandeciente Genji brillando en la sección imperial de coros y danzas Y con mil años de adelanto.

Efectivamente, el héroe de Murasaki es, ante todo, el tatarabuelo de los múltiples bishonen o bellos jovencitos que siglos más tarde pulularían en los manga para chicas. De ahí su apodo, Hikaru Genji, “el príncipe resplandeciente”, con el que se le nombra en la novela. Hijo de un emperador, pero con el acceso directo al trono imposibilitado debido a no tener una madre de familia lo suficientemente importante e influyente (la pobrecilla muere muy pronto , amargada por las interminables intrigas cortesanas)- el principito huerfano es de una hermosura y talento tales que se convierte en el favorito de su padre, el cual-aquí comienza el drama-persiste en tenerlo constantemente a su lado. Genji tiene así acceso, mientras es niño, al mundo prohibido de las esposas imperiales.Estamos hablando de una sociedad aristocrática en la que la separación por sexos es tan radical que incluso los hermanos crecidos suelen ver a sus hermanas sólo a través de puertas entornadas, biombos transportables, persianas de gasa o abanicos más o menos estratégicos. Una sociedad en la que esas mujeres invisibles estaban permanentemente envueltas en hasta doce capas de ropa y en la que el varón daba más importancia a la caligrafía y a las dotes musicales de las bellas que a cualquier asomo de encanto corporal, a excepción del cabello-de modo que un galán podía pasarse años enamorado de una cartita, o una simple voz tras la correspondiente pantalla de papel. Cuando el emperador toma una nueva consorte, Fujitsubo, sospechosamente idéntica a la difunta madre de Genji, nuestro futuro don Juan japonés, una vez mayorcito y separado del gineceo imperial, se obsesiona de tal manera con encontrar duplicados de la borrosa imágen de su difunta madre que se pasa el resto de su azarosa existencia “resplandeciendo” de un lado a otro, empeñado en la búsqueda de, por así decirlo, el Bello Ideal. En un extraño juego de espejos que haría las delicias de cualquier psicólogo, nuestro héroe “es casado” siendo un crío por apaño ministerial pero, tras seducir fugazmente a la madrastra Fujitsubo que tanto recordaba a su madre-(pecado oculto que purgará el resto de la novela)- el adolescente Genji se hace con la tutela de una niña de diez años, la incomparable Murasaki, sobrina y viva imágen de esa madrastra que le tiene sorbido el seso, y la educa para convertirla en la consorte perfecta y mujer ideal una vez la criatura llega a los quince. Y ríase usted de la Gigi de Colette.

¿Auto-inserción de la autora del mismo nombre o primera Lolita de la literatura japonesa? La Niña de Lavanda, cultivada e irónica, auténtica mujer de la vida de Genji no va a ser, ni muchísimo menos, el final de la carrera del inquieto pendón imperial. Que llegará incluso , jocosamente, ya cincuentón y para rizar el rizo, a ser casado oficialmente- otra vez- por hacer un favor a un medio-hermano que sí ocupó el trono, con la Tercera Princesa, otra pariente de Fujistsubo y Murasaki por la cual, paradójicamente, esta vez será incapaz de sentir el menor interés. El asunto es tanto más embarazoso por cuanto que nuestro héroe es capaz de apasionarse prácticamente por todo aquello que lleve un Uchiki. Y es que este irresistible Genji, de belleza sobrehumana, esteta árbitro de la elegancia, dandy, calígrafo, poeta, bailarín, músico y político extraordinnaire, es el primer “gary stu” de la literatura japonesa. La señá Murasaki no pierde ocasión de narrar todos y cada uno de sus disparates, pero ella misma cae bajo el hechizo de su irresistible personaje y es solo cuando toca narrar las desventuras de sus descendientes -en los maravillosos capítulos de Uji-cuando, contemplando a sus despistados nietos y sobrino-nietos, nos damos cuenta de que con Genji rompió el molde y el karma es inevitable. Genji tiene la habilidad de optar por el auxilio espiritual al comprenderlo-su descendencia anda mucho más desorientada. La decadente burbuja cortesana en la que viven está a punto de estallar y el crisantemo está a punto de ser sustituido por la espada. La saga de los Heike, el siguiente mega clásico medieval japonés, que narra la llegada de los Minamoto al poder, ya es tan repetitivamente sangrienta-y masculina- como cualquier épica medieval europea.

En cuanto a Sueño en el Pabellón Rojo

o Memorias de una roca editado por Galaxia Gutenberg esta vez sí en traducción directa, describe otro país, China, y una época mucho más tardía, el siglo XVIII. Y a pesar de todo, la alta sociedad que refleja es igual de inmovilista y decadente. Tan presente es el tema de la corrupción general que el apellido de la gran familia ducal que protagoniza el asunto, los Jia, podría, al parecer, ser homófono de falso, bisutería o baratija. Los Jia viven en un ambiente tan autosuficiente-dos familias extensas y cientos de criados, administradores, nodrizas, concubinas, damas de compañía, lacayos, troupes teatrales a sueldo, religiosas, cocineros y porteros en sendos palacios-como impostado. Incluso contando con propiedades tan numerosas como sus redes clientelares, resulta evidente que con semejante follón y trasiego de gente, la familia vive por encima de sus posibilidades. Allí hacen nacer los hados madrinos budistas y taoistas, con un pedacito de jade en la boca, a nuestro protagonista, Baoyu, Jade Precioso, apodado cariñosamente el Pequeño Señor,o Pequeño antepasado, por las doncellas de la casa. Un espíritu inquieto tan despreciado por su padre a causa de sus extravagancias como idolatrado por su madre y su abuela viuda, la Anciana Dama, que tiene autoridad suprema sobre amos y criados e insiste en no separarlo de su lado, allá en el ala femenina de la casa. Como en el caso de Genji, a resultas de esto el pequeño Bao está desubicado. Cuando los Jia llegan al colmo de su buena fortuna colocando a una de sus hijas como consorte imperial, se decide que el resto de las chicas de la casa, entre hermanastras, primas y demás parientes, instale sus apartamentos y se eduque en un lujoso parque, el Jardín de la vista Sublime. Y creciendo junto a ellas, Baoyu, tan contento en su paraíso artificial especialmente cuando se le llena de lindas y sabias primas como su alma gemela, la enfermiza y susceptible traviatita Daiyu y la futura nuera perfecta, la formalita y modélica pero glacial Baochai.

oh-oh
Por supuesto, tanto China como en Europa, en el siglo XVIII el concepto del matrimonio por amor era una ñoñada y una sentimentalidad burguesa que estaba por imponerse o ser habitual en las grandes casas, con lo cual una situación irregular o anfibia como la de Baoyu es toda una llamada al desastre en cuanto la pubertad acecha. Ni el joven Werther va a pasarlas peor que el pobre Bao, emnpeñado despreciar los honores oficiales, en afirmar que las muchachas son agua clara y los hombres fango….y en continuar la espontaneidad juvenil muy siglo XX-XXI y para escándalo general, en uno de los entornos más ritualizados del universo, la China imperial, un lugar en el que que las chicas de familia no pisan la calle ni para ir de ópera, ningún varón ajeno al clan puede verlas y el médico de turno hace consultas por adivinación, tomando el pulso a la enferma con la cortina echada.
Este es el punto de contacto entre el Genji y el Pabellón Rojo-con la excusa de una fábula moral budista sobre lo que tanto en occidente como en oriente llamaríamos vanitad de vanidades, todo es vanidad, en las cuales los héroes alcanzan la iluminación tras innumerables desastres sentimentales y familiares, lo que Murasaki y Xueqin denuncian, cada uno a su manera, es el estatus altamente volátil de “las de dentro”, las mujeres como animalitos domésticos en sociedades patriarcales-polígamas ante el varón todopoderoso que entra y sale, donde la distinción entre consorte, esposa principal, concubina o simple entretenimiento era peligrosamente borrosa. Nada mejor que unas avemarías o sutras sabiamente colocados para levantar un delicado dedo ante la tradición, ante casos como los de la pequeña Murasaki, o la Ukifune llevada de un lado a otro en los capítulos finales del Genji, o de las pobres Daiyu y compañía-por no hablar de las siervas domésticas, lo mismo pero en peor,- en el Pabellón rojo.Tanto en el caso del Genji, por razones obvias al ser mujer el autor, como en el Pabellón-por razones revolucionarias para su época al hablar “de dentro”, lo que explicó su popularidad inmediata, su fuerte es el frondoso ramillete de siempre dolientes, intrigantes o ambas cosas a la vez, personajes femeninos, desplegados ante el enamoradizo y atolondrado protagonista de turno.

Conviene recordar este pequeño espíritu de subversión encerrado como en cajitas chinas y perfume de sándalo dentro de sociedades por definición tan estáticas, dedicadas a ver caer la flor del cerezo o admirar la del ciruelo-o al revés?- a contemplar la luz de la luna llena o a eternos concursos de poesía, antes de desear dar un par de amorosos guantazos a los tales atolondrados protagonistas de turno. Por ponerlo de alguna manera.

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Hyakkimaru y Dororo versión Tezuka-Semos churris.

Todo friki que se precie fantasea con la adaptación de su cómic-manga-novela gráfica-trilogía fantástica novelística o serie libraria interminable favorita en una ristra lo más larga posible de versiones para la gran pantalla. Es como la vida misma: apenas prende entre el gentío el título de marras cuando estallan discusiones épicas sobre repartos ideales (siempre apuntando alto, que soñar no cuesta nada) y directores perfectos. Que las esperanzas y las expectativas, cuando hay milagro el proyecto llega a buen puerto, terminen el noventa por ciento de las veces en impepinable batacazo en el resultado final no afecta en absoluto al hecho ineludible: abiertamente o no, no hay casi nadie que no diera una patita por una franquicia de calidad. Lo cual convierte la experiencia inversa, dar con una película de la forma más tonta y descubrir luego el manga original, en lo más marciano que pueda haber. Esta especie de expectativa inversa es el resumen de de mi experiencia con Dororo, un clásico de Osamu Tezuka que el maestro serializó entre 1967 y 1968 y que se adaptó al cine en 2007. No hay nada más divertido que ver “transformarse”, retrospectivamente, a los bellos, ceñudos y muy contemporáneos pop stars nipones que interpretaron a los dos ajetreados protagonistas en el 2007 en los redondeados, cartoonizados y ya por el 68 voluntariamente demodés dibujillos tezukianos…Y nada mejor que comprobar cómo, por no variar costumbre, el filme no es más que el pequeño belloto de un frondoso roblecillo. Un manga no es Shakespeare, por muy Tezuka que sea, pero la reducción de una obra más o menos voluminosa a poco más de dos horas obligó a realizar acrobacias realmente dignas de las artes marciales. Algunas más afortunadas que otras, aunque lo más sorprendente, a la hora de emitir el veredicto final, es comprobar que Dororo, el manga para críos de los sesenta, es más duro, amargo y desesperanzado que Dororo, el film del siglo XXI.


Dororo y Hyakkimaru versión Shiota- Semos peligrosos.

Dororo, el manga, es desconcertante desde su mismo título-el equivalente de llamar al Quijote “Sancho Panza”, o “Robin” a los tebeos de Batman. El héroe de la historia es Hyakkimaru, el hijo de un ambicioso general del Japón feudal que realiza un pacto faustiano con nada más y nada menos que 48 demonios-yokai encerrados en un templo para alcanzar el poder sobre su atribulada tierra. Lo que les ofrece en oblación es el indefenso cuerpecillo de su inminente primogénito. Dicho y hecho. Los malignos Yokai se llevan cada uno una parte corporal del niño y se liberan, desatando el infierno en la tierra. Del bebé queda una larva informe que milagrosamente se resiste a morir y, como buen héroe mitológico, es abandonado a las corrientes del río. En un giro del destino pre-tim burtoniano, una versión japonesa del buen doctor descubre que los manejos de los yokai han dejado a “la más miserable de las criaturas” convenientes poderes empáticos para suplir su desvalimiento y lo reconstruye ortopédicamente (!) a lo Eduardo Manos Tijeras-o manos katana en este caso. Hyakkimaru llega a los catorce añitos y descubre que no tiene más que eliminar a cada uno de los 48 yokai que se apoderaron de sus miembros y órganos vitales para ser un niño de verdad, a ojo, oreja, o brazo recuperado por monstruito muerto. Pinocho creía que lo tenía crudo…
Y entonces llega “ello”.

Dororo-Fear the cutie

Hyakkimaru pertenece a la estirpe de los falsos solitarios-no se puede tener a un adolescente lacónico buscando recuperar su humanidad trozo a trozo a lo largo de un país arrasado, hablando solo sin el correspondiente alivio cómico. Al héroe se le pega como auténtica garrapata un golfillo vagabundo de clara estirpe dickensiana, soez, deslenguado y maloliente…y autoproclamado mejor ladrón del mundo. De hecho, su fascinación cleptómana por la katana de Hyakkimaru es la razón de que no se le despegue ni a sol ni a sombra. Un ladronzuelo, eso sí, insoportablemente, terroríficamente… mono. El bichejo-mezcla espantable entre el Truhán de Oliver Twist y el conejito Tambor-se convierte en coprotagonista y sorprendente alma de la serie, cuando todo en su diseño podría hacernos creer que Tezuka lo había planificado para camelarse al público infantil y ahogar la historia en turrones y sacarinas. Nada más lejos de la verdad. Con la excusa del homenaje a Shigeru Mizuki y el cuento fantastique aderezado de ogros sobrenaturales, la verdadera intención del maestro es poner a caldo el militarismo-o, más bien, la casta militar en pleno. Los yokai fagocitan las peores pasiones humanas-lujuria, glotonería, avaricia, sed de sangre, venganza…pero el verdadero villano depredador de la serie es la ralea de lobos samurái-(concretados en el padre de Hyakkimaru) con quienes Tezuka asocia directamente a los yokai como principales beneficiarios de las guerras interminables sin permitirse un momento de simpatía de clase. No se salva ni uno. El nivel de violencia absurda, ejecuciones sumarias, opresión encanallada y destrucción despiadada que la casta militar ejerce sobre el campesinado embrutecido es tal (Tezuka no tiene empacho en mostrar el asesinato gratuíto de niños pequeños o mujeres a punto de dar a luz con su ingenuo estilo fleisheriano, lo que hace la escenita aún más escalofriante) que la verdadera historia no tan subterránea de Dororo es la de una necesaria revuelta irmandiña, con el ronin descastado Hyakkimaru, némesis de su padre, como ángel justiciero restaurador de la humanidad en general a más de la suya en particular y el pequeño ladrón Dororo, hijo de bandido generoso, como futuro Robin Hood del pueblo.


El infierno en la tierra. O lo que la casta militar hace por el pueblo llano.

Este manga disperso, episódico, violento y de final abierto, de mensaje budísticamente demoledor-no hay felicidad posible en este mundo-entronca más claramente con cosas como La leyenda de Kamui, de Sanpei Shirato, o la misma Espada del Inmortal -Hyakkimaru y Dororo recuerdan más a Manji el autoregenerable y su protegida Rin de lo que debieran, por razones que pronto se verán-que con Astro boy. Es decir, y aun teniendo en cuenta las diferentes sensiblidades entre Japón y Occidente respecto al tratatamiento de barbaridades descritas en publicaciones juveniles, con tantos guiños al gekiga o género de manga marginal surgido en los 60 como al límpido shonen.


Hyakkimaru y el túrmix gore. Que no sólo de matar yokais vive el ronin.

Lo que nos lleva, finalmente, al heroico empeño de remozar los tres tomitos en una película. Rodada en Nueva Zelanda y con pretensiones, pero que no pasa de ser un intento curioso al que la necesaria tijera deja a uno sin saber dónde colocarse. El resultado final es una curiosa mezcla entre una de Kurosawa, steam punk nipón y un episodio de los Power Rangers. No hay tiempo para ocuparse del suficiente número de Yokai, por otra parte extraña mezcla entre ordenador y prostéticos no siempre lograda, de modo que a mitad de la película se pasa a una escena-secuencia de Hyakkimaru en plena faena…matando demonejos a ritmo rumbero. La parte de revuelta social se elimina de un plumazo-no hay presupuesto para escenas de masas ni grandes cabalgadas- aunque se aluda a los sufrimientos ocasionados por las guerras eternas, y la historia se condensa en un drama de venganza, en el enfrentamiento culebronero de Hyakkimaru con una familia vista mucho más simpateticamente que en el manga. Es una buena noticia que, en esta versión, el clan Kagemitsu tenga visos de redención, e incluso que se expliquen los motivos del pacto faustiano del patriarca de un modo más honorable o bien intencionado, pero el resultado tiene visos de corrupción adaptativa. Mucho más fascinante es la elección del intérprete de Dororo, que es, es….

WAAAAAAAA, ANIKIIIIII!!!!!

Una intérprete. Dororo es interpretado por una mujer, una mujer adulta.
El público occidental que tuvo ocasión de ver la película todavía se está haciendo cruces. Lo cierto es que la película no hace ningún secreto del sexo de Dororo desde las primeras escenas. El manga, por el contrario, deja que el lector se barrunte ante la persistente y empalagosa monería física del pillete, por otra parte duro y fiero como tejoncillo, hay que reconocérselo, y su aversión al agua y la desnudez, hasta que entre el segundo y el tercer volúmen esté claro que…Dororo es una niña pequeña. El asunto no cambia esencialmente sus relaciones con Hyakkimaru, su hermano mayor ideal y héroe, simplemente porque Dororo es todavía demasiado joven e inocente-sólo alguien muy puro es capaz de no sentir miedo de Hyakkimaru-, y su decisión de ser chico es una mezcla de instinto de supervivencia y rasgo de comedia. El problema aparece cuando una Dororo de más de 25 años- la cantante kou Shibakasi-se empeña en seguir como un perrillo a Hyakkimaru-taciturno Shatosi Tsumabuki– por todas partes. Por “robarle la espada”, para mayor regocijo.

¿Que soy qué? Mira el pelo de mi pecho!
Kou, muy en su papel “de gamin”, se pavonea, insulta berrea, corre, salta, llora, habla en discurso informal y gesticula con tanto entusiasmo que llega a estar epatante en su escena final. Lo cual no impide que, sin redondeces infantiles o adolescentes, la mayor parte de sus escenas tenga ese amaneramiento de las actrices de la época de Barrie interpretando a Peter Pan. Seguramente al Tezuka aficionado al Takarazuka, Kou le hubiera encantado. Por lo que ella misma explica-visiblemente más nerviosa y ceremoniosa-en los extras de la noche de estreno, el personaje de Dororo representa las contradicciones de hacerse mayor y mujer en la sociedad japonesa moderna, así que el asunto debió ser de lo más liberador. Lo más interesante es que el fim cuajó en su país y se planeó secuela más allá de lo que Tezuka había imaginado para Dororo y Hyakkimaru. Con esta Dororo en particular, trotando tras su ronin artificial de un lado para otro, las posibilidades son infinitas.

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Resulta inevitable no considerar “Pesadillas” (1980), de Katsuhiro Otomo, como un ensayo general de “Akira“. No sólo por insistir en los super poderes T (Telepatía, telequinesis, Teleportación) alojados en impresionables mentes infantiles, algo que en Akira terminará llevando a niveles talmente cosmofísicos. También por su maestría en, por decirlo brutamente, dibujar edificios rompiéndose. Otomo es un mangaka especializado en un detallismo prácticamente arquitectónico. Que luego le pirre la acción cinematográfica y en “Akira” bata records mundiales de destrucción dibujada hace agradecer que en “Pesadillas”, el nivel épico sea de escala tirando a vecinal.

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La verdadera estrella de “pesadillas”, de hecho, es la urbanización que enmarca la historia, retratada como una masiva colmena-cárcel de cemento que Otomo dibuja en todos sus minuciosos detalles a lo espacio progresivamente inquietante y entorno deshumanizado, refugio de almas perdidas, desorientadas en la salvaje lucha social japonesa, solitarias o desubicadas (esa mujer desquiciada empujando un cochecito vacío digna de Pedro Páramo, el padre alcohólico y desaprensivo del amiguito de la protagonista) Entorno que acaba dominando- personificando, en la forma de genio maléfico del lugar…un “inofensivo” vejete aparentemente senil y chocheante, olvidado y abandonado hace tiempo por su familia y apodado Cho-san. Un viejecillo psico-superpoderoso capaz de montarte un Stephen King a la menor rabieta.

Cho-san-El sueño de la urbanización produce monstruos.

El complejo residencial es el territorio de caza y patio de juegos del terrorífico ancianillo, convertido por edad y soledad en un parvulito arrugado que usa sus enormes capacidades psíquicas para, como un buen niño, conseguir todos los juguetes y chucherías que se le antojan o le llaman la atención… o para eliminar limpiamente a quien le estorba a discreto golpe de control mental. Mientras la historia aparentemente se abre como investigación policíaca cuando al señor Cho se le va la mano con sus travesuras, la tragedia se desencadena cuando a la urbanización llega una niña pequeña, Etsuko, la voz de la inocencia infantil aunténtica, del sentido común pasmoso de los niños, de ése que perdemos al crecer…y dotada de armas mentales tan poderosas como los del vejete. Etsuko comete la doble imprudencia de salvar con sus poderes a un bebé al cual Cho-san, por entretenerse, arroja con sus poderes desde una ventana “para que haga chof como un tomate”, y de regañarle para mayor escarnio, “porque los bebés se mueren” si se despachurran. Desatando de esta manera la pataleta de su némesis y todas las furias infernales sobre sí misma y los inocentes vecinos que anden por medio, víctimas involuntarias de una monumental pelea de niños extrasensoriales con resultados catastróficos.

Esto es guerra psicológica y lo demás aproximaciones

La malicia acaparadora, mas que maldad pura, de Cho-san es instantánea y sin cuartel. E-chan le estorba, está ocupando su espacio y ha descubierto su juego, luego hay que eliminarla antes de que alguien más se dé cuenta. So capa de que nadie suele hacer mucho caso de un vejete gagá y una niñita, antes de que la policía pueda reaccionar estalla el caos en el vecindario. Otomo es un maestro a la hora de dosificar la tensión y de retratar las corrientes ocultas que se mueven en el más aparentemente anodino de los escenarios, un complejo residencial de clase media baja. Nadie lo supera en reflejar los pequeños detalles de la vida cotidiana siguiendo inconscientemente su curso mientras se masca la tragedia. Repitió brillantemente jugada en “Akira”, cuando el capítulo central de la saga se ralentiza varias páginas con Neo Tokyo despertando plácidamente … mientras el super recargado niño Akira se sume poco a poco en el berrinche de su vida. Y los berrinches de los chavales “psíquicos” de Otomo son de aúpa. Ocurre en Pesadillas, cuando varios puntos esclarecedores del relato se sueltan “a lo tonto” en la charleta intrascendente de las vecinas, o cuando, en uno de los momentos más memorables de la historieta gráfica en general, Etsuko se sienta fríamente en un columpio frente a Cho-san…con gesto de haber entrado definitivamente en el mundo de los adultos. Lo que Otomo resuelve en pocas páginas, mientras los niños siguen jugando alegremente en el parque, y sin diálogo directo, es de oreja, rabo y vuelta al ruedo.


Nunca- enfades- a- un- niño- psi- de Otomo.

Por su crueldad extrema, detalles de humor negro y perfecta contención narrativa: presentación, nudo y desenlace, y nada más, ” Pesadillas” es el complemento perfecto a los delirios del magno tocho que Otomo dibujaría muy poco después. Yo arramblé con la obra al rebufo akiriano, el inevitable 92, cuando la editó Norma en tres tomos, esperando más de lo mismo. Y sí, pero no. Al autor se le notaba ya listo para la gran escala y con todas sus ideas a punto.

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Hablar de este megashojo histórico- en el doble sentido del término- de la maravillosa Ryoko Ikeda, publicado a lo grande por Glénat, hace necesario introducir, aunque sea con calzador, a Björn Andrésen. Es decir, a Tadzio, o al menos, al Tadzio que encontró Luchino Visconti para su adaptación cinematográfica de “La muerte en Venecia”. Papel para el cual necesitaba a un efebillo eslavo de hechura estatuaria, encanto turbador, cabellos color miel y líneas andróginamente infantiles.

Este apolino norso, que Luchino y su infalible ojo localizaron tras una búsqueda que debió ser algo así como la de la actriz de Escarlata, no sólo se encargó de arrastrar a la perdición al pobrecito Dirk Bogarde casi babeando por pútridos canales y callejuelas venecianas. No me atrevo a decir que marcara época entre las mangakas japonesas, ni que éstas debieron ver en la gran pantalla la perfecta encarnación de la fermosura andrógina vestida de marinerito-un bishonen occidental…y ponerse a dibujar como locas. Pero, curioseando por la red, di con protagonistas masculinos-o no- de shojo setentero con aspecto tan arcangélico ( y sospechosamente parecido a cierto adolescente escandinavo) como el teniente germanojaponés Shinobu Ljuin, creado por Waki Yamato en su serie “Mademoiselle Anna”.

Le sigh.
Que era la gotita de agua y clavadito a las heroínas de Ryioko Ikeda (para quien lo estatuario es rasgo estético y marca de fábrica) durante la época, que fueron Oscar de Jarjayes, la mismísima Rosa de Versalles con perdón de María Antonieta…y el curioso protagonista de La ventana de Orfeo, Julius von Ahrensmeyer. Con lo cual sí que hay una mangaka para quien Tadzio fue muso estético, y esta mangaka fue a su vez lo suficientemente exitosa para que su ideal andrógino tuviera efecto onda.

Doble sigh. Oh Julius.
Este precioso querube de cabellos dorados es el único heredero varón de una millonaria casa comercial de Ratisbona, allá por 1905. Estudia en una prestigiosísima escuela de música masculina… y es soprano. Existe una tradición en la escuela por la cual los alumnos que se asomen a un ventanuco ruinoso, el del título, y vean a una chica a través de él, estarán condenados a un amor tan eterno como desgraciado, tal que el el de Orfeo y Eurídice o los mismísimos Amantes de Teruel, tonta ella y tonto él. Más sigh. Pues bien, los dos estudiantes más talentosos del centro, el salvajillo pero atormentado y misterioso Klaus y el becario algo cucarachil pero bendecido por el genio Isaac, ven por la ventanita a la misma persona… Julius. Lo cual no impide al trío hacerse inseparable, tras zurrarse de lo lindo por esto de la patosería de la edad del pavo.
A partir de entonces y como el shojo demanda, llegan las hormonas, el descubrimiento del secreto de Julius-¡¡¡es una chica que debe pasar por hombrecito para heredar, quién lo hubiera imaginado!!!!- y a sufrir tocan. La concentración de amores desgraciados o no correspondidos, triángulos y rectángulos, polígonos inverosímiles y devociones fatales de este manga es universal, desbordante, encadenada como los choques múltiples en una autopista… y sinfónica. Porque el reparto es enorme, y porque la autora da rienda suelta a sus dos pasiones, la historia y la música. Mucha música, que esto es un melodrama en el sentido completo de la palabra. En este caso, especialmente la de Beethoven. Con el no pequeño tour de force de reflejar visualmente la experiencia musical, como quien no quiere la cosa.
Para eso está el personaje de Isaac, pianista superdotado.

Isaac y sus desgracias de huerfanito becado, su ascenso a la fama y, cuando Klaus y Julius salen de escena, sus miserias sentimentales dominan, junto con los secretos criminales de la famila de Julius, la primera mitad de la historia. Comienza la serie siendo un niño ratonil con casquete capilar atroz, pero en cuanto la música y Julius lo reclaman, deja la laca y suelta rizo, pega el estirón y se transfigura al teclado, la oruga se convierte en fenómeno melómano-y en el calco de André Grandier, el lacayo enamorado de La rosa de Versalles. En este caso reutilizado para representar al Artista del trío, y al que el talento sin igual ikediano para empatizar con los huracanes del alma humana salva de ser una simple partitura con patas. Pero Isaac fue, desde el principio, la parte perdedora del triángulo , un destinado a no tener una sola relación amorosa satisfactoria-lo normal en el shojo, vamos. Y, como su nombre indica, nuestro genio ya estaba consagrado-sacrificado al altar de la música, de todos modos. Si la Ventana tenía que ser La rosa de Versalles más plus corregida y aumentada, con más de todo, más personajes, más amor y más épica histórica, arrancar a Isaac del piano e interrumpir su historia a las puertas de la Primera Guerra Mundial no bastaba. Supongo que el matadero de la guerra de trincheras no era material equiparable al versallesco. “La ventana de Orfeo”, entonces, abandona a Isaac, da un hábil salto temporal, Beethoven da paso a una banda sonora de Maurice Jarre y doña Ryioko romantiza y noveliza la Revolución rusa. Y ahí es donde vuelven a entrar en escena Julius y Klaus, y su triste historia de amor con freno y marcha atrás.

Él, ella y el estallido shojo. Poco dura la alegría en casa del pobre.

Que son los briosos reciclajes de sus diseños “Oscar” y “Von Fersen” versallescos, como todos los fans sabían y esperaban. Lo que personalmente no me esperaba fue el tratamiento y destino de ¿el-la? desdichada Julius. Que podía haberse quedado en mero clon de Lady Oscar y durante un tiempo, amenazó. Físico y temperamento acompañaban, pero su frágil psique no puede soportar la red de engaños y asesinatos en las que se ve metida desde parvulita, comenzando por la charada transgénero, y se fragmenta. Mientras Oscar es gozosamente y desvergonzadamente idéntica y fiel a su persona de comandante de la guardia, sin dársele un ardite ser él o ella, Julius es mucho más “convencionalmente” femenina, léase-horror- pasiva (resulta irónico que a la autora le guste tanto dibujar a Julius como la Krimilda del Nibelungenlied, la furia vengativa más escalofriante de la literatura mundial). Su destino es la amnesia continua y la locura amenazante que la diluyen constantemente como personaje. A lo que no ayuda el asunto de su novio a la fuga, Klaus-Alexéi, el noble ruso-revolucionario romántico, candidato a anuncio de champú L´Oreal y casado con la causa que no hace más que escurrírsele a Julius en los momentos más inoportunos. Es una pena que un personaje tan originalmente sensualón, gamberro y divertido como Klaus se haga tan soberanamente aburrido cuando recupere su identidad rusa, vuelva a la santa madrecita y sólo tenga arrrestos para la revolución. Julius lo abandona todo por seguirle y el héroe romántico la deja tirada dos veces, y en las ansiosas garras de su némesis y nuevo vértice-obstáculo del triángulo, para más inri.

Leonid Yusupov poniendo orden a tanto shojo. Es mi home.

A Dios gracias, la tal némesis es capaz de levantar la trama él solito. El siniestro Yusupov, la espada de hielo o serpiente cobra imperial de los rusos blancos con un muy vago parecido a cualquier trasunto histórico de apellido similar. Ryioko estaba preparando su biografía sobre Napoleón, o haciendo prácticas, porque el turbio Leonid fascina a su misma autora-a veces pasa- y está casi tan a punto de robarles hábilmente el manga a nuestros alelados protagonistas como Lady Oscar había hecho con la reina Rococó en Versalles. Gracias, leonid. El resto ya es cosa de Kerenski, Lenin y de un vistoso acompañamiento como turbión revolucionario. Todo tan suntuoso como un huevo Fabergé-el dibujo es elaboradísimo y muy poco cartoonizado y tan soberanamente triste que se podría llenar el lago Baikal con las lágrimas de los personajes. Supongo que la metáfora órfica-cuando ya crees que tienes la felicidad entre las manos, vuelves la cabeza y pof!, Eurídice se vuelve al Inframundo, es menos rebuscada de lo que podría parecer, vista la premisa.
De ahí la vuelta a Visconti, a su Tadzio, y al aviso que los cientos de obcecados y sufrientes, pero en muchos casos siempre listos para la redención, personajes Ikedianos deberían haber escuchado-cualquier ser que ponga sus ojos en la Belleza ya está consagrado a la muerte.

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