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Posts Tagged ‘Estudio Ghibli’

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Escribo para denunciar robo y estafa.
Parece mentira que a día de hoy se nos haya escamoteado en España y haya pasado tan de puntillas en España esta obra maestra del estudio Ghibli. Estoy convencida, puestos a lo peor, de que una película con reconocimiento internacional en todo festival festivable, parabienes críticos y nominación al oscar de animación-perdón Academia- como es de rigor (a pesar de tener a la apisonadora Disney post Frozen barriendo para casa) cerrando su carrera, ni tan siquiera ha pasado por la gran pantalla. Lo que en “este” caso concreto resulta poco menos que una alevosía. Ya lo he dicho.
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El cuento del cortador de bambú es uno de los textos fundacionales de la literatura japonesa. Lo asegura el prólogo de la cuidadísima edición de Cátedra y no hay motivos para dudarlo-e Aparte del silabario empleado, en él se encuentran varios motivos comunes al folklore universal incluso anteriores a la época de su fijación por escrito y familiares desde el imperio de la época Heian a la Europa de Perrault o los hermanos Grimm. (Por no decir nada del desternillante final de Naruto….o de cierta princesa del Ojo Blanco que desató la mayor pairing war que vieron los siglos). Pongamos por ejemplo una anciana pareja sin hijos bendecida de sopetón con una niña extraordinaria de origen misterioso, o la princesa inalcanzable imponiendo pruebas imposibles a un conjunto más o menos impresentable de pretendientes. Lo que aporta el cuento del vejete montañés que se encontró una princesita resplandeciente “del tamaño de un grano de mijo” dentro de un bambú es un poder de mito fundacional del tamaño del monte Fuji-literalmente. Lo que tiene esta milagrosa versión animada del “tale as old as time” es….al papá de Heidi y Marco al timón. Esto ya debería decirle todo al espectador español de edad interesante. Isao Takahata, colaborador de Hayao Miyazaki desde sus inicios en la Toei y responsable de las desventuras de la niña de los Alpes de marras, es igualmente autor de la que tiene fama de ser la película de animación del cine nipón, La tumba de las luciérnagas. Lo de este hombre es vocacional, y sobran más comentarios.

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La raíz del tojo verde…..

Takahata emplea todo su mimo, delicado arte y veteranía concretamente en “su” actualización del personaje de Kaguyahime, el regalo precioso otorgado a nuestro cortador de bambú directamente de las alturas celestes (si las cantidades de oro y vestimentas preciosas que aparecen tras al descubrimiento no fueran señales suficientes, la velocidad meteórica del crecimiento “en gracia y belleza” de la criaturita debería ser una buena pista). La Hime o princesita misteriosa de la historia disfruta, al contrario que en la narración original, de una infancia libre y salvaje en sus montaña al más puro estilo Heidi, salvo las cabras. El ritmo de la vida al paso de las estaciones, la armonía con la naturaleza y la alegría de los juegos con los chicos su pandilla, para quienes es, sencillamente, “Brotito” e incluso los amoriños primeiros terminan abruptamente cuando a su obcecado y cazurro padre se le mete entre ceja y ceja usar devolver a su Hime al lugar que le corresponde y convertir a Heidi en Adelaida, según lo que toma por imperativo divino . El cielo así lo ordena, o no habría enviado tanto oro y tantas sedas con la nena milagrosa.

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Canta el ruiseñor, caantaaa el ruiseñor…..

Brotito termina su existencia campesina para iniciar su adiestramiento en perfecta aristócrata de la época de la dama Murasaki.-Con impagable señorita Rottenmeier adosada y todo como profesora de buenas maneras. Una Hime no corre, incluso no camina, se desplaza suavemente arrodillada-si es imprescindible-tal es su función como parte del decorado. Una Hime no necesita cejas y no suda, porque no tiene necesidad de hacer esfuerzos. Una Hime se tiñe los dientes de negro porque no tiene necesidad de enseñar las encías como una mona. Una Hime no tiene otra cosa mejor que hacer que pasarse el día escondida tras un biombo dándole al Koto o practicando caligrafía. El resultado de semejante adiestramiento, que la desdichada parece “recordar” al platónico modo más que aprender, es colocar en el mercado matrimonial una perfecta mercancía a la que, al recibir su nombre completo “Princesa Kaguya”… acaba por venírsele encima todo el peso del patriarcado medieval- Mercancía tanto más melancólica y apagada cuanto con más afán su palurdo y bien intencionado padre adoptivo se empeña en colocarla.

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Papi, esto no puede ser normal

Por no decir nada de los muy individualizados y caricaturescos pretendientes de altísima cuna y turbias intenciones-la parte que sigue fielmente al cuento tradicional- a quienes la ya casadera e inalcanzable Kaguyahime impone tareas imposibles para sacárselos de encima, como buena heroína de cuento tradicional-Pero, al sentido del humor rompedor de la narración original nipona nuestra Hime es, ya para siempre, el arquetipo de la princesa que no podía reír.

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Y para colmo, sin verle la cara ni una sola vez

No hay contraste más desolador que el del hada misteriosa de voz y música hechiceras oculta tras su biombo, a quien esta cuadrilla de snobs pretende como premio y la pobre Heidi-o Kaguya prisionera de sus capas de kimonono y pintura y encerrada en sus jardines artificiales. Para cuando la fama de la imposible Kaguyahime llega a los ávidos oídos del joven y marchoso emperador, se masca la tragedia.

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Este affaire imperial- la culminación de nuestro drama arquetípico de menosprecio de corte y alabanza de aldea – es quizá la mayor divergencia con la historia original respecto al personaje de Kaguya, pero un muy lógico final a los desvaríos del inocentón campesino que se encontró un tesoro venido del cielo y a quien el éxito de su Hime terminó por alelar definitivamente. El arrepentimiento llega al tiempo de la revelación de los altos, altísimos orígenes de la niña del bambú.

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Todo ello dibujado al trazo suelto y amorosamente decorado como una acuarela. La simplicidad clásica del estilo brilla especialmente en momentos extraordinarios -Kaguya, en un estallido de furia animal, llega a convertirse casi en un ideograma- Kaguya mezcla presente y pasado bailando bajo un cerezo en flor…. Los rostros pueden llegara poseer la intensidad de un grabado, la banda sonora de otro veterano del estudio, Joe Hisaishi….se eleva y en fin, quizás es este aire intemporal y casi testamentario lo que convierta a este fim-junto con “el viento se levanta” de Miyazaki, el perfecto broche o fin de fase a unos estudios que están…..en reestructuración.

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Ah la luna la luna

Lo extraordinario del cuento de la princesa Kaguya, mito y película, es su apasionada defensa de los efímeros placeres y los inevitables dolores terrenos frente al vacío de la perfección divina-no sentir nada. Al grito indignado de la finalmente humanizada Kaguya del cuento original “Estás hablando como un insensato” cuando los seres celestiales de los que proviene le hablan del mundo impuro de aquí abajo que está a punto de olvidar, se une el de versión fílmica cuando-en dos momentos de belleza casi surreal-completa la canción tradicional de su aldea con su propia estrofa y melodía, poniendo su fe en eterno ciclo del renacimiento y pidiendo desesperadamente no ser olvidada en el mundo sublunar. Al igual que esta película, de la que tampoco somos dignos salvo para la contemplación en arrobo extático.

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Lo que son las cosas-ya ni recordaba cuánto me había impresionado La princesa Mononoke (1997), el mascarón de proa de Hayao Miyazaki y su estudio Ghibli, hasta que la revisión de turno me permitió comprobar la cantidad de imágenes que “se me habían quedado grabadas” -todo un mérito para alguien con la memoria visual de un carpín dorado. El mismo poster japonés ya es todo un icono. La chica de película-que ni es princesa ni se llama Mononoke-mirando desafiante, faca albaceteña en ristre, los morritos ensangrentados y, junto a ella, un pedazo de lobo blanco capaz de dejar a los huargos de Juego de tronos-especialmente los chuchis de la serie-temblando de pavor como patéticos chihuahuas.
Ideal como emblema de girl-powah animado, creo yo. Y justo por la misma época en la que la Mulan de Disney se cortaba la melena y partía a hacer la mili para salvar China-y, de paso, saltar la Gran muralla y cortejar para la Company al coloso asiático. Resalto a Mulan y lo de la época porque, en operación inversa, fue la por aquel entonces filial adulta de la Disney, Miramax, la encargada de introducir Mononoke Hime en el otro gigante inasaltable e impermeable, el mercado americano, con resultados decepcionantes para un film que costó un riñón o dos.
Y resalto esto tan espinoso y ambiguo del “girl power”. Si Mulan desató controversia por realizarse como mujer disfrazándose de chico…¿Qué pensará la correctez política de la Princesa Mononoke, la niña que quería ser un lobo?

Viene a cuento el asunto porque si el tema por excelencia de Mononoke es la ausencia de la armonía y la disrupción del orden natural de las cosas, lo más curioso de la historia es que, por una vez, las encarnaciones del tal conflicto-que no es un simple drama de gineceo, sino una alteración del equilibrio del mundo- son dos arrojadas mujeres… y la voz de la cordura zen y el encargado del-muy desagradecido-papel de mediador nato que simpatiza con las dos partes y sólo quiere lo mejor para todos sea el protagonista masculino, el valiente Ashitaka.

Ashitaka el arquero es un príncipe Emishi, al parecer una cultura aborigen japonesa que al comenzar la historia lleva 500 años oculta y separada de la organización imperial. Como futuro líder, es su tarea acabar con un terrorífico jabalí-demonio del tamaño de un panzer y cubierto de gusanos viscosos que estaba a punto de arrasar su aldea, pero en la refriega, el brazo de nuestro héroe queda herido e infectado por el odio asesino del monstruo. Marcado por la maldición cual Larry Talbot y destinado a morir consumido por ella entre dolores atroces a medida que se extienda por su cuerpo, Ashitaka abandona para siempre a los suyos y por consejo de la chamán de su aldea, decide aceptar su destino “con el alma vaciada de odio” y marchar al oeste para averiguar el orígen de la misteriosa “bola de hierro” alojada en el cuerpo del dios jabalí que enloqueció a la bestia hasta convertirla en un demonio sediento de sangre. Por supuesto que estar maldito tiene también sus pequeñas ventajas-dejarse llevar por la ira refuerza y acelera la labor destructora de la infección, pero otorga a Ashitaka superpoderes cg- gusaniles tan efectivos como vistosillos cuando a nuestro mocín le toca vender cara su piel.

A la película no le tiembla el pulso a la hora de mostrar decapitaciones y mutilaciones surtidas. Ashitaka su arco y sus gusarapos tienen mucho que ver en ellas.

La historia de héroe marcado y desterrado, de fuerzas naturales y animalazos primigenios adorados como dioses no puede tener, como vemos, un resabio más mítico-arcaico-arcádico. A lomos de Yakul, su brioso ciervo-antílope-lo que sea, Ashitaka va a toparse con la modernidad en lucha constante con el mundo intemporal. Modernidad que viene en forma de atareados lugareños, acosados tanto por samurais de rapiña a las órdenes del señor feudal de turno-nunca puede faltar un noble que robe más de la cuenta, diría muñoz seca-como por los señores y dioses del bosque. Entre ellos, una manada de lobazos níveos tamaño percherón, una mamá lobo tres veces mayor que su camada, y San, su hija adoptiva humana. La entrada de la fiera de mi niña en la vida de Ashitaka, lamiendo y sorbiendo la sangre de las heridas de mamá lobo con gesto de echar un muerdo al primero que se acerque es lo más definitorio que he visto desde que Galdós introdujera a su Fortunata engullendo la yema de un huevo crudo.

GRRRRR- I´m a woman, hear me roar

Esta dulce criatura es, Kami nos valga, la chica de la función. Ashitaka la encuantra preciosa. Ella, sencillamente, ni siquiera se considera humana, sino loba y, efectivamente, no hay casi ninguna reacción convencional en esta animalizada chiquilla. Incluso sus gestos tiernos-lamer heridas o, en su acto más memorable, desgarrar masticar cecina para alimentar boca a boca a un Ashitaka moribundo-son lo más indomable posible, dentro de lo que cabe. Por otra parte, Miyazaki acentúa la condición de “ni carne ni pescado” de San evitando la mogwlización completa de su criatura-es bípeda, va vestida -camuflada con pieles de lobo, lleva tatuajes faciales como los del clan Inuzuka de “Naruto” y una máscara de combate que ni el Jason de Crystal lake. San es ante todo, una jovencita airada y enfurecida contra los humanos depredadores y usurpadores. Para los lugareños es la “princesa Mononoke”, el espíritu vengador del bosque y la montaña, y para la sabia diosa Lobo Moro, su querida hijita fea. La causa de la furia de San es la bruja malvada del cuento, lady Eboshi, el personaje más intrigante-en el doble sentido- de la película.

Donde pone el ojo, pone la bala.

Lady Eboshi, villana con iniciativa y visión de futuro-una mezcla entre Virgen Juramentada, Mujer Terible en la Ira y Seño Asesina muy al estilo de las féminas formidables de Hiromu Arakawa o la Tsubasa Nishikiori del Mazinger Z, representa la falta de escrúpulos y voracidad ilimitada de la humanidad civilizada. Tolkien la odiaría, mismamente, porque nuestra doña Bárbara nipona sería capaz, ella solita, de llevar a cabo la destrucción de la idílica Comarca Hobbit para montarse la primera revolución industrial. De hecho, Lady Eboshi está arrasando la montaña y los bosques ancestrales en beneficio propio y de su Ciudad de Hierro, aldea-fundición que controla con garras de seda sin que nadie ose ni toserla, sin encomendarse a los dioses o a los demonios, y sin ceder al odio de las fuerzas ancestrales del bosque ni al chantaje inevitable del señor feudal del distrito, que emplea a sus samurais para acosarla. Eboshi es, en suma, la personificación de todo lo que nuestra Hija de Lobos San aborrece y ha jurado matar. Ashitaka no es tan rápido en el “que el cielo la juzgue” porque, implacable como es, la señora ha comprado los contratos de los burdeles de la zona, liberado a las furciucas locales, y las ha convertido en sus trabajadoras especializadas. Lo que es más, Eboshi ha acogido en su jardín, atendido e incorporado en sus fuerzas operarias especiales a los leprosos del lugar y diseñando con ellos mosquetes ligeros, ha convertido a sus chicas en tiradoras de élite. Y todo ello mientras los rosmones hombres del poblado se dedican al transporte de hierro o de provisiones y a ser cebo viviente de lobos o samurais, según caiga el día. Y con todo el mundo encantado de la vida-los leprosos adorándola como a una santa y las chicas, muy en espíritu de pioneras del far west, decididas a dejarse la piel en la fundición antes que volver a la triste vida alegre del mundo flotante. Cosas de obtener respeto, así a lo tonto, Lady Eboshi está a punto de instaurar un matriarcado.

Eboshi y sus comandos de maris de élite

La “princesa Mono9noke” y la señora Eboshi son dos fuerzas antagónicas en desorden y colisión que el voluntarioso Ashitaka debe empeñarse en conciliar-aunque para ello deba separalas incluso físicamente para evitar agarradas… y recibir patadas y malos modos de todas partes. Los mundos del bosque y la ciudad del hierro amenazan con destruirse mutuamente por la codicia y la falta de escrúpulos de Eboshi por un lado, y la furia ciega de San, sus hermanos de camada y otras fuerzas naturales desatadas (como los muy miyazakianos dioses-jabalí) por el otro. En el momento culminante de la historia y a falta de ents justicieros, San no duda en responder al desafío de Eboshi y en ayudar a las deidades porcinas en lo que Kipling llamaría “dejar entrar la selva” mientras que es el vapuleado Ashitaka, el libre de odio pero con los momentos contados a medida que su marca maldita lo deja seco, el encargado de padecer experiencias místicas y un renacimiento espiritual con el auténtico rey del bosque y señor de toda la vida, justo en el momento en el que una acorralada Eboshi pacta con el emperador y se dispone a cometer la blasfemia definitiva.


La carga de la jabalinada ligera-la forma más eficaz de hacer beicon

Lo más destacable de Mononoke, con tanta épica, áulica y mensaje ecologista, es la enorme sensación de frescura, encanto artesanal-incluso con los toquecitos computerizados, los filmes miyazakianso siempre lucen primorosos y tiernos como el pan de Cádiz, violencia y todo-y la sensación casi infantil de maravilla igualmente marca de fábrica. Nada como un poco de mitología japonesa y el toque personal del director para evitar lo que, en manos occidentales, hubiera acabado siendo un Pocahontas o Avatar del montón. En Mononoke nada es blanco o negro, nadie posee la verdad definitiva, hasta los dioses pueden convertirse en demonios malévolos si el odio les consume, un dios de la vida puede convertirse en un shinigami de la muerte, los marginados pueden valerse por sí mismos y las niñas no sólo no quieren ser princesas, ni tan siquiera desean ser humanas. Incluso el timidísimo conato de romance entre San y su admirador Ashitaka-si quieres evitar que una chica te rebane el pescuezo, échale un piropo-hace poco por convencionalizar a la indómita. En “Mononoke”, la frontera entre lo natural y lo sobrenatural, lo divino y lo monstruoso, la bondad y la maldad o lo humano y animal es tan fina e inquietante como los kodama, los geniecillos con cabecita de sonaja que certifican el grado Muniellos de limpieza-habitabilidad de un bosque.
Todo un clásico.

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