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Posts Tagged ‘Osamu Tezuka’

hinotori - copia

El gañán y el zagal-esto solo podía terminar al kurosawiko modo

De entre todas las obras del padre y maestro del manga Osamu Tezuka, Fénix (Hi No Tori) es la más ambiciosa y enciclopédica- Tan enciclopédicamente cara en su edición de Planeta, por cierto, que he decidido centrarme en adoración algunos de sus (muchos) tomos, particularmente el séptimo y octavo, titulados muy ad hoc Caos.
Si, por intentar resumirlo de alguna manera,la saga Fénix es el intento del maestro por resumir su particular visión del ansia humana por la vida a cualquier precio, encontrar el sentido de la existencia y el afán por la inmortalidad. Encarnados todos ellos en el vistoso, misterioso y esquivo pájaro de fuego capaz de renacer de sus cenizas y pamplinas metafóricas-¿o no? correspondientes, los tomos séptimo y octavo de la saga tiene dos particularidades-para la colección en sí, está el detalle tragicómico de que el pajarraco de marras sólo aparezca en sentido metafórico a lo largo de toda la narración. La otra particularidad se encuentra el asombroso temple del maestro Tezuka para atreverse con un clásico fundacional de la cultura japonesa, el cantar de Heike…. y ponerlo de vuelta y media.

Hacen falta redaños- Sólo Tezuka podía tomar la espada que destruyó al crisantemo, los clanes samuráis que acabaron con el suntuoso mundo del que hablé tiempo atrás con ocasión de las desventuras amorosas del resplandeciente príncipe Genji, el de doña Murasaki….y tirarla al cubo de la basura. Sin contemplaciones. Ni bushidos ni Mishimas que valgan. A la porra, exclama nuestro autor, suficientemente escaldado de honor guerrero-ya lo vimos en Dororo, por la historia japonesa del siglo XX .

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La trama comienza cuando la fatalidad, en forma de brillante bagatela, se cruza en el camino de dos inocentones montañeses, el fornido Benta y la bella Obu. Benta solo desea una existencia apacible de leñador, pero su hermana adoptiva y novia en potencia tiene más ambiciones, y sin comerlo ni beberlo, el destino interviene del modo acostumbrado en las clases ínfimas. La peineta enjoyada que Benta regaló a su churri acaba con la destrucción de su mundo y con Obu convertida en cortesana adoptada, por esta carita que kami le ha dado, como concubina del hombre más poderoso del imperio-Tarira Kiyomori. El hombre que ha llevado a su clan a dominar el país desde los brezos de la Braña.com al ordeno y mando con mano firme.

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Y son muchos Tairas. El orgullo del clan samurai les ha llevado incluso a la jugada de las jugadas-ya vista en el cantar Genji con los Fujiwaras-colar a las hijas en el lecho del emperador, y bingo. Nieto purpurado para rematar faena.
El-a pesar de todo- rudo, montañés y carismático Kiyomori ve que la edad y la enfermedad están aflojando y acelerando el desmoronamiento del clan que él mismo ha levantado, y en el momento de su mayor orgullo. Su único consuelo es Obu, rebautizada Fukiko, en grotesco pero tierno acercamiento de almas montañesas….y el deseo de perpetuarse bebiendo la sangre fresca de un pájaro mítico; y en ello gasta sangre y esfuerzos. y más sangre.

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Mientras Obu acaba asimilada por los Taira, el pobre Benta, buscándola incesantemente con tenacidad osuna se convierte directamente….en la inspiración para una figura legendaria del folklore japonés, el fiel Benkei, cortesía de un monje revenrendísimo e histórico con retranca…que con más retranca aún Tezuka retrata como a un mangaka, sin que sus esfuerzos den mayores resultados hasta que, siguiendo a unos huerfanitos de guerra, la tragedia le lleve directamente a las garritas infantiles de un líder natural, un rapazuelo asilvestrado llamado Ushiwaka

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La fibra, la rabia y el cerebro frente a la inocencia, bondad,  y fuerza bruta de Benta. Sospechosamente culpables ay, de dar una buena somanta al gigante bonachón y lo que es peor, de tenerlo bajo su control como un buey amaestrado. Que es, ni más ni menos, lo que el avispado Ushiwaka considera a Benta en el momento en que le echa el ojo por un motivo fundamental-el chaval es un samurái. A ojos de Tezuka, un cachorrito de lobo. Y no un samurái cualquiera, sino un Minamoto, el clan al que los Taira arrojaron del poder con el baño de sangre correspondiente. Y no un Minamoto cualquiera, sino uno de los hijos del por supuesto escabechinado líder del clan-y no solo uno de los bastantes hijos, sino un héroe histórico legendario del cantar de Heike- Yoshitsune.

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Minamoto no yoshitsune es, todo hay que decirlo, una de las figuras más carismáticas del cantar….precisamente por todo aquello que para Tezuka lo hace un terror desde chavalín. Su mezcla de imprevisibilidad, arranques tácticos y completa implacabilidad son el ejemplo más acabado de la casta guerrera a la que pertenece. La naturalidad y sangre fría con la que un simple criajo domestica, literalmente, al fornido Benta para convertirle en su fiel seguidor, caiga lo que caiga, siendo el pobre Benta de natural dulzón cual leche merengada, es el anuncio de la pesadilla que está por venir. Las guerras Gempei….y cómo el clan Minamoto se cobró minuciosamente su venganza no dejando varón Taira con vida en una de las campañas de exterminio menos disimuladamente disfrazadas de gesta épica que puedan encontrarse. Es decir….. nuestro Yoshi queda muy bien en cantares de gestas, kabukis varios, larguísimos taiga dorama-dramas de época- con bishonen al uso de protas, pero para los sencillos campesinos, para los mismos soldados de a pie, para el bendito Benta, y para Tezuka, el héroe es una condena ambulante y recurrente. Yoshi pierde la-poca-humanidad-que su entrenamiento guerrero le había dejado a medida que sus victorias le acercan a su obsesión. Ganar a cualquier precio. El Yoshi que crece y cumple su destino natural ha olvidado cualquier atisbo de empatía con cualquier ser que no le sea de utilidad.Y, cada vez que Benta intenta llevar una vida normal, ahí está él para llevárselo de carnaza.

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Lo cual nos lleva a la ilusa, pero dedicada Obu, ahora Fukiko, igualmente tan identificada con los oropeles de los Tairas como con el pobre Kiyomori, empeñado en alcanzar la vida eterna de la sangre del fénix-que en esta historia es, simplemente, un pájaro exótico vendido de cambiazo gato por liebre, con los resultados esperables. Resultados que alcanzan al resto de personajes de ambos bandos, todos a la caza y captura de un ente falso. Lo cual nos lleva, repito, a Obu y al destino natural de tanta insensatez-el pasaje que más me ha hecho lloriquear desde que eché un vistazo al cantar 2009, o como ese preciado nieto que el viejo Taira habían finalmente colocado en el trono, el niño emperador Antoku, aún en brazos de su abuela, junto a todas las damas de la corte errante….se “convirtió en un dragón de mar” al ver la batalla final perdida.

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Tezuka no necesitó más sutileza que la carrera por un fénix de pega para mostrar tanto el absurdo de las luchas por el poder como la propia vanidad de nuestras locuras personales-y aún así dio con la manera de superarse a sí mismo. Entre sus guiños anacronísticos-algunos geniales, como llamadas telefónicas (!) dignas de Gila y su descripción de atrocidades que su estilo voluntariamente disneyano ayudan a tragar, nunca olvida sus facultades para la acción en viñeta, que estaban en su apogeo. Así trata la última carga de la legendaria-y embarazada- samurái Tomoe Gozen en ayuda de su señor marido.

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Asombroso.

Y así llegamos al ajuste de cuentas con tanta heroicidad y marcial despropósito . La figura épica y trágica de Yoshitsune tuvo el destino inevitable del cachorro de lobo criado entre otros lobos. Su propio hermano fue incapaz de perdonarle la capacidad de hacerle sombra, y es acierto de nuestro autor pintar el genuino desconcierto de nuestro terror ambulante-villano de la función pero no de una pieza. El maestro Tezuka decide, a pesar de todo, tomarse el asunto por su mano y utiliza a Benta para dar, finalmente, voz a los pobres herbívoros pisoteados durante milenios por generaciones de alimañas armadas. El grito desesperado de la pobre novieta Hinoe, tantas batallas forzosas antes, “no quiero, no quiero” encuentra al fin su eco en nuestro entrañable tarugo de montaña, que pasa al fin de manso a Miura y uno se queda pensando-vale ¿ A qué fin, tanto desatino, y qué derecho tiene unos pocos miles gloriosus a jugar con la vida de tantos…. miles de personas?. pero al menos, que quede una bien a gusto. Especialmente considerando que, así por las buenas, Japón iniciaba el largo camino al shogunado.

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De principio a fin, dos mundos condenados a no entenderse. El parecido con el feudalismo del siglo XII europeo no es pura coincidencia. La bondad natural y el orgullo guerrero son mala mezcla, y el maestro Tezuka nos da otra lección inolvidable-lo del fiel Sancho Panza queda muy bien de arquetipo y los samuráis en películas de Kurosawa, pero ya lo advirtió Lion Feuchtwanger en la Judía de Toledo-¿Se rió cervantes de la caballería lo suficientemente fuerte?

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Resulta por demás curioso el hecho de que, sin ser precisamente alérgica a la estética y la gestualidad del cine mudo-(y no soy la única, a juzgar por la acogida crítica a The artist, sea sólo por lo exótico de la propuesta en tiempos infográficos) las únicas imágenes almacenadas en mi memoria sobre Metrópolis , la obra cumbre silente de Fritz Lang, estén incluidas en un videoclip de Queen.
Pero ahí está la gracia- el no ser capaz de separar el nacimiento de la criatura robótica de los compases del “Love Kills” y la voz del nunca bastante llorado Freddie Mercury no es sino un ejemplo más del surrealista y extraordinario destino de esta distopía de los locos 20. Y no me refiero sólo a los múltiples intentos de restauración o recuperación del metraje original, o que unos de sus reestrenos tuviera una banda sonora ochentera, sino que la sola visión del fotograma geométricamente impactante de la creación de la mujer artificial fuera capaz de inspirar al Dios Padre del manga Osamu Tezuka para crear su propia historieta….y el que, al filo del siglo XXI, se contara con el guión del mismísimo Katsuhiro Otomo para adaptar el tebeo tezukiano enlazándolo en lo posible con el original germano y convertirla, de nuevo, en largometraje, esta vez animado.

No hay más que echar el ojo a este Metropolis versión anime para apreciar la labor de homenaje-declaración de amor a los originales en todos los sentidos. No en vano se puso al mando del proyecto otro animador clásico, Rintaro, el papá del capitán Harlock, veterano que había cambiado los dientes de leche artísticos como miembro del estudio de Tezuka – en la versión televisada de Astro boy, nada menos. El respeto escrupuloso al tierno y redondeado estilo Tezuka, tan inspirado por el Fleisher de Popeye y la Betty Boop, o el Disney de las Sinfonías tontas-y que tanto puede chocar con los gustos del paisanaje actual-salta a la vista en cuanto nuestros personajes comienzan a compartir plano.

Una monada demodé-que combina a la perfección, en líneas generales, con el aspecto retrofuturista que se pretende reproducir en el film, un homenaje art decó a los imponentes decorados del film mudo original y al urbanismo desaforado de los años de entreguerras, con Nueva York como referencia y la música de jazz como fondo musical constante. No en vano es la megalópolis del título la auténtica protagonista de la función. Su centro geográfico y logro supremo-sacado estilísticamente de Lang-es el zigurat, edificio colosal y metáfora desarrollada a lo largo de la historia que se nos cuenta- la Torre de Babel, el edificio del orgullo desmedido, el símbolo del futuro inmediato que aguardaba a una población industrializada, alienante y materialmente engullida por las super-ciudades.Y aquí es donde se aprecia la manita guionística de don Katsuhiro Otomo, el creador de otra Babilonia desquiciada y caníbal como fue la Neo-Tokio de su ” Akira”. A Otomo se le nota en su salsa, porque cualquier delirio urbanístico imaginado tras el pepinazo de la Primera Guerra Mundial era ya más que una realidad atiborrada en los años 80, cuando al batiburrillo rebosante se le había añadido, además, la posibilidad del desastre nuclear para animar todavía más el cotarro. Eso sí, por lo menos el leviatán que es Metropolis resulta tan espectacular como sólo podía serlo el futuro imaginado en los años 20 y 30.

Los desbarres modernistas de Metropolis…o al menos, la parte más brillante y reluciente

Metropolis, versión Rintaro-Otomo es una plutocracia donde tras las autoridades políticas y militares se esconde la figura del poder en la sombra o magnate mangante, Duke Red, un personaje que ya Tezuka caricaturizaba como mezcla de cacatúa y ave de presa y que controla los destinos de la ciudad a golpe de propaganda, derroches arquitectónicos y una especie de juventudes parafascistas-hitlerianas, los Marduks, que financia “extraoficialmente” y están encargados de mantener el orden-apartheid entre los distintos niveles de la ciudad. Comienza la acción cuando las fuerzas vivas de Metrópolis celebran en total estilo Hollywood la inauguración del ya mencionado Zigurat entre el publicitado regocijo popular, fuegos de artificio y mucha consigna enaltecedora. Los rumores de descontento entre las clases inferiores y los problemas que está ocasionando la preeminencia de la mano de obra robotizada tampoco disimulan que las subsodichas fuerzas rectoras no son más que un grupo de chacales en alianza precaria y más que dispuestos a despedazarse entre ellos a la menor oportunidad.

Los fastos y tracas celebratorias del estreno mundial del Zigurat-nada mejor que un festival de fuegos artificiales para darse puñaladas traperas con discreción

Rock quiere un papi, Duke Red sólo quiere un sicario-el drama está servido

El cacique Red parace confromarse-por el momento-con ser la fuerza detrás del trono-posiblemente, porque el trono real y auténtico está camuflado en el nuevo edificio-Zigurat, y Red ya tiene en mente quién, o qué- está destinado a ocuparlo-(y no se trata precisamente de su mismísima persona), aunque para ello tenga que contar con la colaboración del doctor loco de guardia, o de las iras adolescentes y fanáticas de Rock, niñato que lidera sus fuerzas de choque y se considera su hijo-lo quiera el Jefe o no. Tezuka no tenía problemas en emplear personajes recurrentes en diferentes historias y circunstacias para poblar sus mangas juveniles. A Rock, sus aires macarras, falta de escrúpulos e inseparables gafas de sol, Tezuka terminó por convertirlo en el antagonista-rival por excelencia del héroe idealista de sus historietas. En Metrópolis, Rock es un fanático de gatillo fácil, humano supremacista que aborrece a los robots y vive obsesionado por el reconocimiento “paterno” de su líder, que lo recogió cuando era un huerfanito de guerra. Los tornillos-con perdón- que va perdiendo por el camino en esta película tienen un orígen muy sentimental-celucos, y una causa de peso-su idolatrado Líder está haciéndose construir en secreto al ser último, el superhumano definitivo destinado a ocupar el trono… un robot de última generación fabricado a imagen de su hijita perdida. Lo de ser suplantado en el aprecio “paterno” por un muñeco es algo que a Rock le despierta todos los instintos asesinos, mientras que al doctor loco Laughton al que Red ha encargado construir al ser definitivo le siguen la pista desde Japón y con orden de arresto internacional por tráfico de órganos dos héroes habituales tekuzianos, el detective bigotudo Sunshaku ban , el aparentemente despistado pero siempre perseverante puño de la ley….y su sobrino Kenichi.

Los inocentes en el extranjero-Kenichi, su tío, y Pero, el robot guía-sabueso

A Kenichi Shikishima, el primer héroe juvenil recurrente diseñado por el entonces estudiante Tezuka, y al éxito que tuvo su primera aventura, La nueva Isla del tesoro, casi podríamos decir que le debemos el despegue del manga tal y como lo conocemos. Ahí es nada. (También le debemos, ya más crecido, en la versión Tezuka del Mundo perdido y gracias a la aplicación en plan Mogambo de la censura de entonces, uno de los diálogos más descacharrantes de la historia del manga, pero esa es otra historia). Kenichi fue el Tintín-boy scout modelo para la infancia japonesa de la postguerra y en este versión de Metrópolis, representa ante todo,el candor infantil y los buenos modales. Mientras las clases altas desprecian a la mano de obra robótica y el proletariado la aborrece debido a las leyes de mercado y la competencia por ser mano de obra barata, lo primero que Kenichi hace al conocer al ayudante robótico asignado a su tío es tenderle educadamente la mano y considerar su número de identificación lo suficientemente significativo como para memorizarlo enterito, ante el asombro del interesado. Kenichi y el tío Shunshaku nos servirán de ojos para desentrañar el intrincado funcionamiento de Metróplis y lo que se esconde detrás de su brillante niquelado-desde los suburbios de la Zona 1, donde se apiñan los desesperados, indeseables y revolucionarios de diverso pelaje, hasta-bloqueados tras pases y control riguroso- los lugares subterráneos donde sólo un robot puede aguantar la jornada laboral completa. En el Nivel 1, en un laboratorio a lo James Whale camuflado, el destino interviene para que, de forma algo precipitada y caótica, la criatura superpoderosa que el Doctor Laughton abra los ojitos muy fritzlangianamente.


Y toma candela, Elsa Lanchester!

De casualidad tan afortunada que lo primero que ven esos ojitos es a Kenichi, que se ha separado accidentalmente de su tío mientras el laboratorio secreto estalla en pedazos. La criatura es una querubínica niña rubia llamada Tima que durante la primera parte de su metraje, seguirá e imitará a Kenichi tan dócilmente como un polluelo a su mamá pato. Mientras Tima intenta asimilar conceptos tan peliagudos como identidad, lenguaje, adaptación al entorno y relaciones personales, es la misión del devoto Kenichi ocuparse de su nueva amiguita con la mayor naturalidad del mundo mientras la criatura mecánica se “actualiza” periódicamente de modo discreto. Algo tremendamente complicado cuando Rock y sus marduks están empeñados en darle caza incansablemente, los proles de Metroóolis preparan su revuelta y tanto Duke Red como sus rivales en la cúpula de mando se aprestan a utilizar el creciente sentimiento anti-robot para sus propios fines. Mayormente, acabar unos con otros.


Tima “quién soy yo” aprende a velocidad de vértigo, pero conseguir una personalidad va ser más duro de lo que parece

Para no llamar a engaño, este versión de metrópolis no insiste demasiado en la épica política o el drama social-con robots y todo. Lo que se hereda de Tezuka es el gusto por la aventura fantacientífica, la parábola tierna a lo Eduardo Manostijeras y la quincuagésima vuelta de tuerca de la historia de Astroboy, en este caso, Pinocha, la niña que creía ser de verdad. Y en este punto coincide con el guionista Otomo (seguidor incluso antes de su Akira de las advertencias del propio Osamu Tezuka acerca de la intolerancia, la degradación del ser humano y el peligro del avance científico sin freno-) en la descripción del acoso implacable y el acorralamiento de un desvalido superpoderoso, la capacidad deshumanizadora de las megalópolis y en mostrar cómo la ambición, el militarismo o la corrupción política y el desarrollo técnico ilimitados se arriesgan a jugar con fuerzas que no pueden acabar de controlar o comprender…como ocurre con el experimento número 28, Akira, o la seráfica Tima, el ser perfecto, para encabezarse derechitos a la catástrofe. O dada la importancia que se da en Metrópolis a la metáfora de la torre de Babel, al castigo divino a tanta soberbia. No hay nada con lo que Otomo disfrute más que con un tantico de fuego purificador. La misma imágen alegórica de Tima “actualizando programa” recargando las pilas y transfigurándose al sol entre palomos virtuales y paseantes extasiados es tal mismo tiempo tan desasosegante como esperanzadora. Tima es un enviado-pero ¿de qué?

Angelitos al cielo. Mucho rayo de sol, pero esto no es una película de Marisol.

Lo más destacable de esta Metrópolis del 2001 se encuentra en los detalles que a primera vista puedan parecer más chocantes- desde la cuidadosa conservación del diseño de personajes a lo Tezuka al swing jazzístico como acompañamiento musical machacante (Tima va siempre acompañada de un pequeño transistor rojo como ventana al mundo) que llega incluso a combinarse con los ruidos ambiente en la delirante escena que incluye a un equipo de robots de emergencia apagando el incendio del laboratorio no tan secreto- chifladura que parece salida de los payasos de Dumbo. O la obsesión con los decorados opresivos-la ciudad lo envuelve todo enanizando y ahogando a la población amontonada de un modo tan opresivo que los tugurios de la zona 1, por ejemplo, apenas reciben ya la luz del sol. La imponente mole de rascacielos que incluye la sombra amenazante del nuevo Zigurat lo invade todo y los árboles no dejan ver el bosque . El brillo plateado y dorado de la zona alta cambia a terrosidases chillonas cuando se desciende de niveles, hasta llegar al Hades del nivel 3. La saturación de los diferentes tipos de laboratorios-el modelo ARTESANAL del doctor Laughton, las torres de control a la última del zigurat, y el delirio cyber punk total de su sala del trono, donde tiene lugar la apoteosis final a lo Otomo que todos esperábamos-¿Que fan de Akira no sufre una horrenda sensación de deja vu viendo a Tima cumplir con su destino, recordando la célebre viñeta de Akira entronizado y vestidito de niño emperador-marioneta de Neo Tokio, o recuerda la pesadilla nueva carne en la que termina asfixiado el anihéroe Tesuo Shima?



Agobio. Mucho agobio.

“Lo que intenté expresar en mis obras se puede resumir en el siguiente mensaje: amad a todas las criaturas, amad a todo ser vivo!”-Dijo Osamu Tezuka. Al homenaje que se le dedica en Metropolis se le perdonan sus ocasionales lapsus de caida en el barullo o sus líneas argumentales para las que no se encuentra tiempo suficiente gracias a la aplicación primorosa de las máximas del maestro. Nadie que haya visto Metropolis podrá evitar el asociarla para siempre con el “I cant stop loving you” de Ray Charles. Todo por haber comprendido junto a kenichi el significado literal de quedarse con el corazón en un puño.

Those happy hours that we once knew
Tho’ long ago, they still make me blue
They say that time heals a broken heart
But time has stood still since we’ve been apart

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Hyakkimaru y Dororo versión Tezuka-Semos churris.

Todo friki que se precie fantasea con la adaptación de su cómic-manga-novela gráfica-trilogía fantástica novelística o serie libraria interminable favorita en una ristra lo más larga posible de versiones para la gran pantalla. Es como la vida misma: apenas prende entre el gentío el título de marras cuando estallan discusiones épicas sobre repartos ideales (siempre apuntando alto, que soñar no cuesta nada) y directores perfectos. Que las esperanzas y las expectativas, cuando hay milagro el proyecto llega a buen puerto, terminen el noventa por ciento de las veces en impepinable batacazo en el resultado final no afecta en absoluto al hecho ineludible: abiertamente o no, no hay casi nadie que no diera una patita por una franquicia de calidad. Lo cual convierte la experiencia inversa, dar con una película de la forma más tonta y descubrir luego el manga original, en lo más marciano que pueda haber. Esta especie de expectativa inversa es el resumen de de mi experiencia con Dororo, un clásico de Osamu Tezuka que el maestro serializó entre 1967 y 1968 y que se adaptó al cine en 2007. No hay nada más divertido que ver “transformarse”, retrospectivamente, a los bellos, ceñudos y muy contemporáneos pop stars nipones que interpretaron a los dos ajetreados protagonistas en el 2007 en los redondeados, cartoonizados y ya por el 68 voluntariamente demodés dibujillos tezukianos…Y nada mejor que comprobar cómo, por no variar costumbre, el filme no es más que el pequeño belloto de un frondoso roblecillo. Un manga no es Shakespeare, por muy Tezuka que sea, pero la reducción de una obra más o menos voluminosa a poco más de dos horas obligó a realizar acrobacias realmente dignas de las artes marciales. Algunas más afortunadas que otras, aunque lo más sorprendente, a la hora de emitir el veredicto final, es comprobar que Dororo, el manga para críos de los sesenta, es más duro, amargo y desesperanzado que Dororo, el film del siglo XXI.


Dororo y Hyakkimaru versión Shiota- Semos peligrosos.

Dororo, el manga, es desconcertante desde su mismo título-el equivalente de llamar al Quijote “Sancho Panza”, o “Robin” a los tebeos de Batman. El héroe de la historia es Hyakkimaru, el hijo de un ambicioso general del Japón feudal que realiza un pacto faustiano con nada más y nada menos que 48 demonios-yokai encerrados en un templo para alcanzar el poder sobre su atribulada tierra. Lo que les ofrece en oblación es el indefenso cuerpecillo de su inminente primogénito. Dicho y hecho. Los malignos Yokai se llevan cada uno una parte corporal del niño y se liberan, desatando el infierno en la tierra. Del bebé queda una larva informe que milagrosamente se resiste a morir y, como buen héroe mitológico, es abandonado a las corrientes del río. En un giro del destino pre-tim burtoniano, una versión japonesa del buen doctor descubre que los manejos de los yokai han dejado a “la más miserable de las criaturas” convenientes poderes empáticos para suplir su desvalimiento y lo reconstruye ortopédicamente (!) a lo Eduardo Manos Tijeras-o manos katana en este caso. Hyakkimaru llega a los catorce añitos y descubre que no tiene más que eliminar a cada uno de los 48 yokai que se apoderaron de sus miembros y órganos vitales para ser un niño de verdad, a ojo, oreja, o brazo recuperado por monstruito muerto. Pinocho creía que lo tenía crudo…
Y entonces llega “ello”.

Dororo-Fear the cutie

Hyakkimaru pertenece a la estirpe de los falsos solitarios-no se puede tener a un adolescente lacónico buscando recuperar su humanidad trozo a trozo a lo largo de un país arrasado, hablando solo sin el correspondiente alivio cómico. Al héroe se le pega como auténtica garrapata un golfillo vagabundo de clara estirpe dickensiana, soez, deslenguado y maloliente…y autoproclamado mejor ladrón del mundo. De hecho, su fascinación cleptómana por la katana de Hyakkimaru es la razón de que no se le despegue ni a sol ni a sombra. Un ladronzuelo, eso sí, insoportablemente, terroríficamente… mono. El bichejo-mezcla espantable entre el Truhán de Oliver Twist y el conejito Tambor-se convierte en coprotagonista y sorprendente alma de la serie, cuando todo en su diseño podría hacernos creer que Tezuka lo había planificado para camelarse al público infantil y ahogar la historia en turrones y sacarinas. Nada más lejos de la verdad. Con la excusa del homenaje a Shigeru Mizuki y el cuento fantastique aderezado de ogros sobrenaturales, la verdadera intención del maestro es poner a caldo el militarismo-o, más bien, la casta militar en pleno. Los yokai fagocitan las peores pasiones humanas-lujuria, glotonería, avaricia, sed de sangre, venganza…pero el verdadero villano depredador de la serie es la ralea de lobos samurái-(concretados en el padre de Hyakkimaru) con quienes Tezuka asocia directamente a los yokai como principales beneficiarios de las guerras interminables sin permitirse un momento de simpatía de clase. No se salva ni uno. El nivel de violencia absurda, ejecuciones sumarias, opresión encanallada y destrucción despiadada que la casta militar ejerce sobre el campesinado embrutecido es tal (Tezuka no tiene empacho en mostrar el asesinato gratuíto de niños pequeños o mujeres a punto de dar a luz con su ingenuo estilo fleisheriano, lo que hace la escenita aún más escalofriante) que la verdadera historia no tan subterránea de Dororo es la de una necesaria revuelta irmandiña, con el ronin descastado Hyakkimaru, némesis de su padre, como ángel justiciero restaurador de la humanidad en general a más de la suya en particular y el pequeño ladrón Dororo, hijo de bandido generoso, como futuro Robin Hood del pueblo.


El infierno en la tierra. O lo que la casta militar hace por el pueblo llano.

Este manga disperso, episódico, violento y de final abierto, de mensaje budísticamente demoledor-no hay felicidad posible en este mundo-entronca más claramente con cosas como La leyenda de Kamui, de Sanpei Shirato, o la misma Espada del Inmortal -Hyakkimaru y Dororo recuerdan más a Manji el autoregenerable y su protegida Rin de lo que debieran, por razones que pronto se verán-que con Astro boy. Es decir, y aun teniendo en cuenta las diferentes sensiblidades entre Japón y Occidente respecto al tratatamiento de barbaridades descritas en publicaciones juveniles, con tantos guiños al gekiga o género de manga marginal surgido en los 60 como al límpido shonen.


Hyakkimaru y el túrmix gore. Que no sólo de matar yokais vive el ronin.

Lo que nos lleva, finalmente, al heroico empeño de remozar los tres tomitos en una película. Rodada en Nueva Zelanda y con pretensiones, pero que no pasa de ser un intento curioso al que la necesaria tijera deja a uno sin saber dónde colocarse. El resultado final es una curiosa mezcla entre una de Kurosawa, steam punk nipón y un episodio de los Power Rangers. No hay tiempo para ocuparse del suficiente número de Yokai, por otra parte extraña mezcla entre ordenador y prostéticos no siempre lograda, de modo que a mitad de la película se pasa a una escena-secuencia de Hyakkimaru en plena faena…matando demonejos a ritmo rumbero. La parte de revuelta social se elimina de un plumazo-no hay presupuesto para escenas de masas ni grandes cabalgadas- aunque se aluda a los sufrimientos ocasionados por las guerras eternas, y la historia se condensa en un drama de venganza, en el enfrentamiento culebronero de Hyakkimaru con una familia vista mucho más simpateticamente que en el manga. Es una buena noticia que, en esta versión, el clan Kagemitsu tenga visos de redención, e incluso que se expliquen los motivos del pacto faustiano del patriarca de un modo más honorable o bien intencionado, pero el resultado tiene visos de corrupción adaptativa. Mucho más fascinante es la elección del intérprete de Dororo, que es, es….

WAAAAAAAA, ANIKIIIIII!!!!!

Una intérprete. Dororo es interpretado por una mujer, una mujer adulta.
El público occidental que tuvo ocasión de ver la película todavía se está haciendo cruces. Lo cierto es que la película no hace ningún secreto del sexo de Dororo desde las primeras escenas. El manga, por el contrario, deja que el lector se barrunte ante la persistente y empalagosa monería física del pillete, por otra parte duro y fiero como tejoncillo, hay que reconocérselo, y su aversión al agua y la desnudez, hasta que entre el segundo y el tercer volúmen esté claro que…Dororo es una niña pequeña. El asunto no cambia esencialmente sus relaciones con Hyakkimaru, su hermano mayor ideal y héroe, simplemente porque Dororo es todavía demasiado joven e inocente-sólo alguien muy puro es capaz de no sentir miedo de Hyakkimaru-, y su decisión de ser chico es una mezcla de instinto de supervivencia y rasgo de comedia. El problema aparece cuando una Dororo de más de 25 años- la cantante kou Shibakasi-se empeña en seguir como un perrillo a Hyakkimaru-taciturno Shatosi Tsumabuki– por todas partes. Por “robarle la espada”, para mayor regocijo.

¿Que soy qué? Mira el pelo de mi pecho!
Kou, muy en su papel “de gamin”, se pavonea, insulta berrea, corre, salta, llora, habla en discurso informal y gesticula con tanto entusiasmo que llega a estar epatante en su escena final. Lo cual no impide que, sin redondeces infantiles o adolescentes, la mayor parte de sus escenas tenga ese amaneramiento de las actrices de la época de Barrie interpretando a Peter Pan. Seguramente al Tezuka aficionado al Takarazuka, Kou le hubiera encantado. Por lo que ella misma explica-visiblemente más nerviosa y ceremoniosa-en los extras de la noche de estreno, el personaje de Dororo representa las contradicciones de hacerse mayor y mujer en la sociedad japonesa moderna, así que el asunto debió ser de lo más liberador. Lo más interesante es que el fim cuajó en su país y se planeó secuela más allá de lo que Tezuka había imaginado para Dororo y Hyakkimaru. Con esta Dororo en particular, trotando tras su ronin artificial de un lado para otro, las posibilidades son infinitas.

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“Yo nací en Takarazuka, famosa localidad por el teatro del mismo nombre realizado en exclusiva por mujeres. Por tanto, mi infancia y juventud transcurrieron rodeados de la atmósfera dulce y elegante de aquellos musicales”.

Con estas palabras presenta Osamu Tezuka (1928-1989), dios padre fundador del manga tal y como se concibe ahora, su segunda versión de La Princesa Caballero, la obra en la que, ya que estaba, dio el empujón definitivo al tebeo destinado a mocitas en edad de merecer, el tan malignizado shojo.

Por las noticias que leo y releo, la industria tebeística japonesa de los tremebundos años de posguerra deben mucho de su relanzamiento a Tezuka, justamente venerado por ello con calles, museos y lo que se tercie. Por supuesto, un demográfico nada despreciable era el de las escolares de 10 a 18 añitos listas para, digamos, edificarse. Lo que Tezuka intentó con su Caballero del lazo,o a retazos, que tal es el nombre original de esta historia, fue, en palabras propias, que el tebeo dirigido a niñas pasara de la simple tira cómica de las revistas para chicas a la “epopeya larga”, como él la llama. Sentando precedentes y estableciendo muchos de los clichés asociados al género, como no podía ser menos.

Y no es baladí, tanto para la historia del shojo, como para la de la propia Princesa Caballero, que Tezuka se criara aficionado a la Takarazuka Revue. Googleando, he descubierto que esta escuela de música y teatro se creó en 1913 como único modo posible en lugares y estadios de patriarcalismo extremo de educar en canto y encanto y sacar a escena a señoritas de buena familia, en régimen de estricto internado, para prepararlas a ser esposas y madres de pro. Que a partir del segundo año, las chicas mejor dotadas para la tarea entrenan duramente voz, apariencia y pose para especializarse en los codiciados papeles masculinos. Que, mientras unas alumnas se convierten en perfectos varoncitos u otokoyaku, las chicas especializadas en papeles …de chica, o musumeyakus se esfuerzan en actuar lo más “girly” posible para que sus “compañeros” luzcan agresivas y varoniles como contraste. Un primor.
Semejante desmadre explica la opción tanto ética como estética de Tezuka para su primera historia compleja para las nenas, y con ella el rumbo del manga shojo inmediatamente posterior. Hablando de la estética shojo: Papá Osamu se crió igualmente a base de animación americana pionera y animalitos cantarines, de personajes Disney a Popeye. Los enormes ojazos brillantes propios de este tipo de manga no son más que un efecto rebote de las Américas. Sin ir más lejos Zafiro, la gentil protagonista de este cuento, tiene los ojos desarmantes de Bambi y es una mezcla de Blancanieves y Betty Boop. Y a partir de ella, las estrellitas, los encajes y los floripondios aterrizaron en las viñetas del manga shojo para adornar heroínas de inmensas pupilas siempre resplandecientes por el inminente lagrimón. Y hay más factores estéticos, como la fascinación japonesa, de arquitectura tan sobria y delicada, por las volutas, modas, perifollos y barroquerías occidentales, del Rococó al estilo Imperio, pasando por los miriñaques de Sissí emperatriz.

La versión de La princesa caballero que editó Glénat en tres bonitos tomos hace unos pocos años no es el original publicado en los años cincuenta. Tezuka redibujó la historia entre 1963 y 1966 y yo creo que esto es significativo, porque las primeras generaciones lectoras de posguerra estaban creciendo y porque muy pocos años después el número de mujeres autoras y dibujantes de manga crecería muchísimo. Incluyendo a mi idolatrada Riyoko Ikeda y el bombazo de La rosa de Versalles, (el remake oficioso de esta princesa caballero) cuya adaptación musical, para rizar el rizo y la zambomba, levantó de la crisis al teatro de Takarazuka.

La Princesa Caballero narra, en cualquiera de sus versiones, las desventuras de la heredera de un imaginario país de cuento de hadas europeo-visto en Japanese vision, una delicia. Por una travesura del angelito Tink, la joven Zafiro ha recibido-se ha tragado- antes de nacer dos almas, una de chico (azul) y una de chica (roja)…oh metáfora sutil. Lo que le viene de perlas, pues en su país impera la ley Sálica y Zafiro debe criarse como muchacho. Lo que no le impide “disfrazarse de chica” con una peluca rubia y un montón de lazos y enamorar así al pavisoso príncipe Franz, que ve en el “príncipe” zafiro a su rival natural. Mientras Zafiro se dedica a desfacer entuertos y recuperar su reino de las garras del villano, Tezuka estaba introduciendo el por entonces fundacional tema del romance en el manga femenino adolescente. La misión de castigo del angelito Tink es “extirpar a Zafiro su corazón de chico”. Lo que la malvada bruja Hell anhela es arrebatar a Zafiro su “corazón de mujer” para que el marimacho de su hija Hécate sea una señorita fina. Entre que Zafiro pierda o gane uno u otro, no es de extrañar que la pobre ande un poco liada, o reaccione según tenga el día.


Ahora me levanto con un pie.


Ahora me levanto con el otro.
Por cierto que la damisela guerrera Friebe de ondeante melena etc etc que aquí cae presa de los encantos del príncipe Zafiro es otro cliché fundacional, el de la virgen juramentada, del que ya hablé en otra entrada.


“¡Oh cielos, mi virtud peligra ante este dechado de testosterona patilluda!” El pirata Blood fue un añadido de Tezuka a su segunda versión de la historia y las reacciones de Zafiro ante este macho rampante fueron los signos más claros de que la era de las inocentes protagonistas pre-núbiles del shojo estaba a punto de finalizar.
En fin, que cuando finalmente Zafiro no aguanta más y FINALMENTE hace lo que debería haber hecho volúmenes atrás, y desabrocha su blusa para demostrar que es mujer, dejándose de ingenuismos voluntarios, corazones rojos o azules, pelucas o lazopondios, el shojo quedó oficialmente preparado para los años setenta. Claro que nuestra mezcla de doncella errante y justiciero enmascarado ha tenido que soportar diálogos tan inmarcesibles como
-“Oh, me siento rara. Se me han ido todas mis fuerzas”
-“Claro. Ahora eres una mujer”
Pero su odisea abrió la puerta a toda una generación de mangakas, lady oscares y sailor moons, lágrimas a tutiplén y dramas de sentimentos a flor de piel que ríanse de crepúsculos y anocheceres. El estilo voluntariamente cartoon del maestro Tezuka no debe ocultar el detalle de que podía abordar cualquier cosa con genial desparpajo, desde la vida de Buda a la guerra nuclear. Por eso su Zafiro estaba destinada a ser la abueli de todas las niñas de grandes ojos del manga y anime japonés, tanto de las espadachinas aventureras o las escolares mágicas, como de las huerfanitas más o menos consolables.
Y sigo pensando que lo del corazón de chico y el corazón de chica es digno de un análisis sociológico.

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